Dibujo 5 del Códice Ramírez.

Descripción de la imagen:

En esta lámina vemos al Huey Tlatoani Acamapichtli, el primero de los Huey Tlatoanis, a quien podemos identificar gracias al glifo que aparece justo detrás de él, que es un antebrazo empuñando unas cañas, que simbolizan el significado de su nombre: “Puñado de Cañas”.

Pareciera que está dando clases, pero no, la vestimenta de las personas, envueltos en sus mantas (tilmatli) y sentadas, denota que son personas adultas, principales del gobierno, seguramente a quien les está dando instrucciones.

También vemos que tiene barba y un gorro cónico, es una reinterpretación de la diadema real mexica (xiuhuitzolli o copilli), muy al estilo europeo por la influencia española que ya tenían los tlacuilos al momento de pintar el Códice Ramírez.

Lo que nos dice el Códice Ramírez sobre el dibujo 5:

Comienza con la necesidad por parte de los mexicas de tener una tlatoani pero que fuera de un linaje que les diera alguna paz a través de una alianza con un altépetl poderoso y se decidieron por Culhuacan, en virtud de que ya se habían emparentado mediante matrimonios entre mexicas y culhuacas.

“Gran Señor, nosotros tus siervos y vasallos los Mexicanos, metidos y encerrados entre las espadañas y carrizales de la laguna, solos y desamparados de todas las naciones, encaminados solamente por nuestro Dios al sitio donde ahora estamos, que está en la jurisdicción de este tu Reyno, y de Azcapotzalco y de Teztcuco; con todo eso, ya que nos habéis permitido entrar en él, no será justo que estemos sin señor y cabeza que nos mande, corrija, guie y enseñe en nuestro modo de vivir, y nos defienda y ampare de nuestros enemigos. Por tanto, acudimos a ti, sabiendo que entre vosotros hay hijos de nuestra generación emparentada con la vuestra, salidos de nuestras entrañas y de las vuestras, sangre nuestra y vuestra; de estos tenemos noticia de un nieto, tuyo y nuestro llamado Acamapichtli, suplicándote nos lo des por señor, al cual estimaremos en lo que él merece, pues es de la línea de los Señores Mexicanos y de los Reyes de Culhuacan. El señor de Culhuacan viendo la petición de los Mexicanos, y que él no perdía nada en enviar a su nieto a reinar a México, les respondió: “Honrados Mexicanos, yo he oído vuestra justa petición, y huelgo mucho Mexicanos, yo he oído su justa petición, y huelgo mucho daros contento en eso, porque demás de ser honra mía, ¿de qué me sirve aquí mi nieto? Tómenlo y llévenselo mucho de enhorabuena, y sirva a su Dios, y esté en lugar de Huitzilopochtli, y rija y gobierne las criaturas de aquel por quien vivimos señor de la noche y día, y de los vientos, y sea Señor del agua y de la tierra en que está: la nación Mexicana: (acordándose en el discurso de la plática cómo había desollado á la hija del Rey pasado dijo:) y les hago saber que si fuera mujer como es hombre, en ninguna manera os lo diera: más llevadle norabuena, tratadle como merece, y como hijo y nieto mío.  Mexicanos, yo he oído su justa petición, y huelgo mucho daros contento en eso, porque demás de ser honra mía, ¿de qué me sirve aquí mi nieto? Tómenlo y llévenlo mucho de enhorabuena, y sirva a su Dios, y esté en lugar de Huitzilopochtli, y rija y gobierne las criaturas de aquel por quien vivimos señor de la noche y día, y de los vientos, y sea Señor del agua y de la tierra en que está: la nación Mexicana: (acordándose en el discurso de la plática cómo había desollado a la hija del Rey pasado dijo:) y les hago saber que si fuera mujer como es hombre, en ninguna manera se los diera: más llévenle norabuena, trátenle como merece, y como hijo y nieto mío.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 49,50).

El recibimiento de los mexicas a su nuevo tlatoani fue de júbilo.

“Principal, y le trajeron con toda la honra posible, salió toda la nación Mexicana, hombres y mujeres, grandes y chicos, a recibir á su Rey, al cual llevaron a los aposentos Reales que entonces tenían, que eran bien pobres, y sentándolo a él y a su mujer en unos asientos Reales a su modo, se levantó luego uno de aquellos ancianos, e hizo una plática al Rey en esta forma: “Hijo mío, Señor y Rey nuestro, seas muy bien llegado a esta tu pobre casa y ciudad, entre estos carrizales y espadañas, donde los pobres de tus padres, abuelos y parientes los Mexicanos padecen lo que el Señor de lo criado se sabe. Mira, Señor, que vienes á ser amparo y sombra y abrigo de esta nación Mexicana por ser la semejanza de nuestro Dios Huitzilopochtli, por cuya causa se te da el mando y la alta jurisdicción. Bien sabes que no estamos en nuestra tierra, pues la que poseemos ahora es ajena y no sabemos lo que será de nosotros mañana o eso otro día. Y así considera que no vienes a descansar ni a recrearte, sino a tomar nuevo trabajo con carga tan pesada que siempre te ha de hacer trabajar siendo esclavo de toda esta multitud que te cupo en suerte, y de toda esa otra gente comarcana, á quien has de procurar tener muy gratos y contentos, pues sabes vivimos en sus tierras y términos, y así ceso con decir que seas muy bien venido tú y la Reina nuestra Señora á este nuestro Reyno.” El respondió dando las gracias, recibiendo a cargo el Reyno, prometiendo la defensa de él y el cuidado y cuenta con las cosas necesarias a la República, después de lo cual le juraron por Rey de México, prometiéndole toda la sujeción y obediencia, admitiendo en todo. Le pusieron luego una corona real sobre la cabeza, que casi es como la corona de la Señoría de Venecia, ataviándolo en la forma que aquí está pintado y así quedó electo el primer Rey de México, que como queda referido, tenía por nombre Acamapichtli, que quiere decir caña en puño, porque de ácatl, que es la caña, y mapiqui que es cerrar la palma de la mano y empuñarla, componen Acamapichtli, que quiere decir empuñadura de cañas ó cañas en puño, al modo que dicen en castellano lanza en puño. Otros llaman este primero Rey Acamapich que es lo mismo que ese otro nombre, y para significarlo le ponen una insignia de una mano empuñada con un manojo de cañas.”  (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 50,51).

Comenzó a gobernar el tlatoani Acamapichtli, que este párrafo es el que mejor queda con el dibujo que estamos viendo esta semana:

“Comenzó pues a reinar Acamapich el año de mil y trescientos y diez y ocho después del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, siendo de edad de veinte años, en cuyo tiempo los Mexicanos edificaron la ciudad de México y comenzaron a mejorarse y tener algún lustre, gozando de alguna quietud y multiplicándose en mucho número por haberse ya mezclado en trato y conversación con las demás naciones comarcanas, siendo todavía vivos algunos de los viejos de aquel largo camino y viaje que trajeron de su patria, los cuales eran señores muy principales entre ellos, con dictados y oficios de Padres y amparo de aquella nación.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 51,52).

Resulta que su esposa era estéril, por lo que los principales les dieron a sus hijas para que tuviera descendencia. Entre ellos nació el siguiente tlatoani, Huitzilíhuitl pero también nació uno que tuvo con una esclava de Azcapotzalco de quien se enamoró, de esa relación nació Itzcóatl, un tlatoani que será sumamente importante para el dominio mexica.

“Cuenta la historia que la mujer de este Rey era estéril, por cuya causa los grandes y principales de su Reyno determinaron darle sus hijas, de las cuales tuvo hijos muy valerosos y de animosos corazones, que después algunos de ellos fueron Reyes, y otros capitanes y de grandes dictados. Entre estos tuvo el Rey un hijo en una esclava suya llamado Izcohuatl, que después vino a ser Rey por ser hombre muy generoso, y de grande valor como en su lugar se verá. Reinando Acamapich muy á contento y gusto de todos, con mucha paz y quietud, se iban multiplicando la gente Mexicana y poniéndose la ciudad en muy buen orden.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 52).

El crecimiento de los mexicas preocupó demasiado a los tepanecas, los habitantes de Azcapotzalco, quienes los empezaron a hostigar con tributos excesivos e incluso absurdos.

“Lo cual visto por los Tepanecas, cuya cabecera era Azcapotzalco, donde residía el primado y corte de toda esta tierra, y por esta razón los Mexicanos le pagaban tributo, hicieron su junta, y llamando el Rey a sus vasallos y grandes de su corte les dijo: “Han advertido, oh Azcaputzalcas, cómo los Mexicanos después de habernos ocupado nuestras tierras cómo han electo Rey y hecho cabeza por sí; ¿qué les parece debemos hacer? miren, que ya que hemos disimulado con un mal, no conviene disimularnos con otro, porque quizá muertos nosotros, estos querrán sujetar a nuestros hijos y sucesores, y haciéndose nuestros señores, pretenderán que seamos sus tributarios y vasallos, porque según llevan los principios, paréceme que poco á poco se van ensalzando y ensoberbeciéndose y subiéndosenos a la cabeza; y porque no se ensalcen más, si os parece, vayan y mándenles que doblen el tributo dos tantos, en señal de reconocimiento y sujeción.” A todos pareció muy bien el consejo del Rey de Azcaputzalco, y poniéndolo en ejecución enviaron sus mensajeros a México para que dijesen a su mismo Rey de parte del Rey de Azcaputzalco, que el tributo que daban era muy poco, y así lo quería acrecentar, y que él había menester reparar y hermosear su ciudad, que juntamente con el tributo que solían dar llevaban sabinas y sauces ya crecidos para plantar en su ciudad, y así mismo hiciesen una sementera en la superficie de la laguna que se moviera como balsa, y que en ella sembrasen las semillas de que ellos usaban para su sustento, que por acá llaman maíz, chile, frijoles, y unos bledos que se dicen huautli, calabazas, y chía etc.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 53).

Finalmente nos narra la muerte de Acamapichtli, indicándonos que fue tlatoani durante cuarenta años:

“Dentro de este tiempo murió el Rey Acamapichtli de edad de sesenta años, habiendo reinado cuarenta en la ciudad de México y residido en mucha quietud y paz, dejando ya su ciudad copiosa de casas, calles y acequias, con todas las cosas necesarias al concierto de una buena república, de lo cual era muy celoso y cuidadoso, y así al tiempo de su muerte, llamó à todos sus grandes y les hizo una larga y prolija plática, encomendándoles las cosas de la república y a sus mujeres y hijos, no señalándoles ninguno de ellos por heredero del Reyno, sino que la República eligiese de ellos à quien le pareciese para que los gobernara, que en esto los quería dejar en toda libertad; lo cual se guardó siempre entre estas gentes, porque no reinaban los hijos de los Reyes por herencia, sino por elección, como adelante se verá mejor y amonestándoles esto, mostró gran pena de no haber podido poner la ciudad en libertad del tributo y sujeción en que Azcaputzalco la tenía puesta; y así dio fin a sus días, dejando a todos sus vasallos muy tristes y desconsolados. Le hicieron su enterramiento y obsequias lo mejor y más solemnemente que pudieron, y aunque fue con todas las ceremonias que ellos usaban, pero no con el aparato de riquezas y esclavos que después usaron, por estar en este tiempo muy pobres, y por no repetirlo muchas veces, se quedará la relación del modo de sus entierros para otro lugar donde se pueda referir mejor.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 57).

Fuente bibliográficas:

  1. El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Clementina Battcock y Paloma Vargas. El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2024.
  2. Crónica mexicana. Hernando Alvarado Tezozómoc. Crónica mexicana, escrita por D. Hernando Alvarado Tezozómoc hacia el año MDXCVIII; anotada por Manuel Orozco y Berra y precedida del Códice Ramírez, manuscrito del siglo XVI intitulado Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus historias, y de un examen de ambas obras, al cual va anexo un estudio de cronología mexicana por el mismo Orozco y Berra. Ed. José María Vigil. México: Imprenta y Litografía de Ireneo Paz, 1878. Edición digital en Apple Books: Crónica mexicana (Apple Books). La edición electrónica fue publicada por la Secretaría de Cultura en 2017.

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