
Descripción de la imagen:
Aquí vemos el Templo Mayor, una base piramidal con un templo doble.
Del lado izquierdo tenemos a Huitzilopochtli en cuyo techo vemos unos jarrones, supongo que queriendo emular las almenas caracoladas que tenía el templo. Un demonio está sosteniendo la cortina que cubría la entrada. Dicha cortina es narrada por Bernal Díaz del Castillo.
Del lado derecho tenemos a Tláloc, Dios de la Lluvia y lo representa dibujando una gotas de lluvia en el techo. Dentro vemos personas o restos de ellas, ilustrando los sacrificios que se hacían en honor de sus dioses.
Interesante ver dibujados a demonios muy propios del cristianismo, lo cual, al igual que las tres columnas con capiteles grecolatinos, son de influencia europea.
En medio de estas tres columnas, están las escaleras duales, que efectivamente llevaban al final de la base piramidal.
Templo de Huitzilopochtli.
Posiblemente la última base piramidal construida en lo que hoy conocemos como México, se los cuales solo sobreviven algunos, la mayoría en el área maya o mixteca, y que han estado preservados por la naturaleza que los ocultó, Teotihuacán y la más parecido al templo mayor, la que se encuentra en Tenayuca, construida en tiempos de Xólotl, antes de Tenochtitlan.

Ambas bases piramidales tenían en su cima dos templos dedicados a dos dioses.
Se les conoce por este motivo como base piramidal, una pirámide como tal, es como las que vemos en Egipto, con su cima en forma de punta.
Lo que nos dice el Códice Ramírez sobre el dibujo 19:
Templo mayor, un templo dual.
Como dijimos, en la cima de la base piramidal estaban dos templos, uno para Huitzilopochtli y otro para Tláloc.
“Junto al aposento de este ídolo había otra pieza menos aderezada, donde tenían otro ídolo que se decía Tlaloc, del cual se tratará adelante. Estas dos piezas estaban en la cumbre del templo, y para subir a ellas había ciento y veinte escalones. Estos dos ídolos estaban siempre juntos, porque los tenían por compañeros y de igual valor y poder; delante de sus dos aposentos había un patio de cuarenta pies en cuadro, en medio del cual había una piedra de hechura de pirámide, verde y puntiaguda, de altura de cinco palmos, que echando un hombre de espaldas sobre ella le hacía doblar el cuerpo, y en esta forma sacrificaban á los hombres sobre esta piedra al, modo que adelante diremos.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 162, 163).
El Templo Mayor rodeado de templos.
Seguramente de aquí deriva su nombre al que conocemos como el Templo Mayor, ya que estaba rodeado de otros templos, pero el de Huitzilopochtli era el más grande de estos templos en Tenochtitlan. Hago esta aclaración porque al parecer el de Tlatelolco era más grande.
“La hermosura de este templo era muy grande, había en la ciudad ocho o nueve como él, los cuales estaban pegados unos con. otros, dentro de un circuito grande, y tenían sus gradas particulares y su patio con aposentos y dormitorios para los ministros de los templos; todo esto tomaba mucho campo y lugar. Estaban las entradas de los unos á oriente, y otras à poniente, otras á norte, y otras al sur, todos muy bien encalados, labrados y torreados, con diversas hechuras de almenas y pinturas con muchas figuras de piedra fortalecidas de grandes y anchos estribos: eran dedicados a diversos Dioses que tenían, pero, aunque todos eran muy diversos y autorizaban mucho la ciudad, el del ídolo principal Huitzilopochtli era el más suntuoso y galano” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 163).
El Coatepantli o muro de serpientes.
Estaba rodeado por un coatepantli en el patio, en la parte de abajo, muy similar al que se conserva aún en Tenayuca.

“Tenía este templo una cerca muy grande, que formaba dentro de sí un muy hermoso patio; toda ella era labrada de piedras grandes, a manera de culebras asidas las unas de las otras; se llamaba esta cerca Cohuatepantli, que quiere decir cerca de culebras. Tenía en las cumbres de las cámaras y oratorios donde los ídolos estaban, un pretil muy galano labrado con piedras menudas, negras como el azabache, puestas con mucho orden y concierto, revocado todo el campo de blanco y colorado, que desde abajo lucia mucho.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 163).

En su cima una almenas en forma de caracol.
En el techo del templo tenía unas almenas en forma de caracol las cuales las podemos ver aún en el Museo del Templo mayor, son majestuosas y enormes.
“Encima de este pretil había unas almenas muy galanas labradas como caracoles”. (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 164).

Portaestandartes en el Templo Mayor.
A la entrada, había dos estatuas de personas con su mano sosteniendo un estandarte, una de las cuales se conserva en el Museo del Templo Mayor
“Tenía por remate de los estribos dos indios de piedra sentados con unos candeleros en las manos, y de ellos salían unas como mangas de luz con remates de ricas plumas amarillas y verdes, y unos rapacejos largos de lo mismo.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 164).

Recámaras para los sacerdotes y sacerdotisas en el Templo Mayor.
“Por de dentro de la cerca deste patio habia muchos aposentos de religiosos y religiosas, sin otros que en lo alto habia para los sacerdotes y papas que al ídolo servian: era este patio tan grande y espacioso que se juntaban á bailar en él sin estorbo ninguno, ocho ó diez mil hombres en rueda como ellos bailan.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 164).
Había cuatro puertas que conectaban con las cuatro calzadas.
“Tenía cuatro puertas o entradas, una hacia oriente, otra hacia poniente, otra al mediodía y otra a la parte del norte; de cada puerta de estas principiaba una calzada muy hermosa de dos y tres leguas, y así había en medio, donde estaba fundada esta ciudad, cuatro calzadas en cruz, muy anchas y bien aderezadas que la hermoseaban mucho: estaban en estas portadas cuatro dioses, los rostros vueltos hacia las mismas partes donde estas puertas estaban: la causa de ello dicen que fue una disputa que tuvieron los Dioses antes que el sol fuera criado, y fingen los antiguos que al tiempo que los Dioses quisieron crear el sol, tuvieron entre sí contienda, hacia que parte sería bueno que saliera, y queriendo cada uno que saliera a la parte donde estaba, volvían el rostro hacia su pertenencia, pero al fin vino a vencer el de oriente, porque le ayudó Huitzilopochtli, y desde entonces se quedaron con las caras vueltas así.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 164).

El Tzompantli.
Atestiguado y narrado por muchos, negado por unos cuantos e incluso mencionado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que en pleno 2026 lo trató como si fuera un secreto de Estado, el enorme Tzompantli queda aquí descrito y hace unos cuántos años quedó demostrada su existencia, al encontrar sus vestigios en la calle de Guatemala número 24.

“Frontero de la puerta del templo de Huitzilopochtli había treinta gradas de treinta brazas de largor, que las dividía una calle que estaba entre la cerca del patio y ellas; en lo alto de ellas había un paseadero ancho de treinta pies, tan largo como las gradas: estaba todo encalado; por medio de este espacio del paseadero, estaba a lo largo una muy bien labrada palizada de árboles muy altos puestos en hilera y de uno a otro había una braza: estos maderos eran muy gruesos y estaban todos barrenados con unos agujeros pequeños desde abajo hasta la cumbre: venían por los agujeros de un madero a otro unas varas delgadas, en las cuales estaban ensartadas muchas calaveras de hombres por las sienes; tenía cada vara veinte cabezas: llegaban estas hileras de calaveras desde lo bajo hasta lo alto de los maderos, llena de cabo a cabo la palizada, y tantas y tan espesas que ponían grande admiración y grima. Eran estas cabezas de los que sacrificaban, porque después de muertos y comida la carne, traían la calavera y la entregaban a los ministros del templo, y ellos la ensartaban allí, Las dejaban hasta que de añejas se caían a pedazos, si no era cuando había tantas que las iban renovando y quitando las más añejas, o renovaban la palizada para que cupieran más.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 165).
Monasterios para hombres en Tenochtitlan.
Estaba el monasterio para los hombres. Vivían en total austeridad y con un respeto absoluto hacia las mujeres, al grado que desviaban o agachaban la mirada al verlas pasar.
“Había en la cerca de este gran templo, como queda referido, dos monasterios: el uno de mancebos recogidos de diez y ocho a veinte años, a los cuales llamaban religiosos. Traian en las cabezas unas coronas como frailes, el cabello poco más crecido que les daba a media oreja, excepto que al colodrillo dejaban crecer el cabello cuatro dedos en ancho, que les descendía por las espaldas, y a manera de trenzado les ataban y tranzaban. Estos mancebos que servían en el templo de Huitzilopochtli vivían en pobreza, castidad, y hacían el oficio de levitas administrando a los sacerdotes y dignidades del templo el incensario, la lumbre y las vestimentas; barrían los lugares sagrados, traían leña para que siempre ardiera en el brasero del Dios, que era como lámpara, la cual ardía continuo delante del altar del ídolo. Sin estos mancebos había otros muchachos que eran como monacillos que servían de cosas manuales como eran enramar y componer los templos con rosas y juncos, dar aguamanos a los sacerdotes, administrar navajuelas para sacrificar, ir con los que iban a pedir limosna para traer la ofrenda. Todos estos tenían sus prepósitos que tenían cargo de ellos, y vivían con tanta honestidad y miramiento, que cuando salían en público donde había mujeres, iban las cabezas muy bajas, los ojos en el suelo, sin osar alzarlos a mirarlas. Traian por vestidos unas sábanas de red. Estos mozos recogidos tenían licencia de salir por la ciudad de cuatro en cuatro y de seis en seis muy mortificados a pedir limosna por los barrios, y cuando no se la daban tenían licencia de llegarse a las sementeras, y coger las espigas de pan y mazorcas que había menester, sin que el dueño osase hablarles ni evitárselo. Tenían esta licencia porque vivían en pobreza, sin otra renta más que la limosna.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 167).
Eran alrededor de 50 jóvenes en el monasterio y estas eran algunas de sus actividades.
“No podía haber más de cincuenta; ejercitándose en penitencia y levantándose a media noche a tocar unos caracoles y bocinas con que despertaban a la gente; velaban al ídolo por sus cuartos porque no se apagase la lumbre que estaba delante del altar. Administraban el incensario con que los sacerdotes incensaban el ídolo a media noche, a la mañana, a medio día y a la oración. Estos estaban muy subjetos y obedientes a los mayores, y no salían un punto de lo que les mandaban: y después que a media noche acababan de incensar los sacerdotes, estos se iban a un lugar particular, y sacrificaban sacándose sangre de los molledos con unas puntas duras y agudas, y la sangre que así sacaban se la ponían por las sienes hasta lo bajo de la oreja, y hecho este sacrificio se iban luego a lavar a una laguna. No se untaban estos mozos con ningún betún en la cabeza ni en el cuerpo como los sacerdotes, y su vestido era de una tela que acá se hace muy áspera y blanca. Les duraba este ejercicio y aspereza de penitencia un año entero, en el cual vivían con mucho recogimiento y mortificación.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 167).
Monasterios para chicas adolescentes en Tenochtitlan.
Aquí se encontraban niñas de doce a trece años y estas eran algunas de sus actividades.
“La segunda casa de recogimiento estaba frontero de esta, la cual era de monjas recogidas, todas doncellas de doce a trece años, a las cuales llamaban las mozas de la penitencia; eran otras tantas como los varones. Vivian así mismo en castidad y clausura, como doncellas diputadas al servicio de Dios. No tenían otro ejercicio sino rezar y barrer el templo, y hacer cada mañana de comer para el ídolo y sus ministros, de aquello que de limosna recogían los mozos. La comida que al ídolo hacían, eran unos bollos pequeños hechos a manera de manos y de pies, y otros retorcidos como melcochas, con este pan hacían unos guisados, y se lo ponían al ídolo delante cada día: entraban estas mozas trasquiladas y después dejaban crecer el cabello hasta cierto tiempo. Estas en algunas festividades se emplumaban las piernas y brazos y se ponian color en los carrillos, se levantaban á media noche a las alabanzas de los ídolos que de continuo se hacían, haciendo los mismos ejercicios que los demás.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 168).
Mujeres a cargo del monasterio.
“Tenían amas que eran como abadesas y prioras, que las ocupaban en hacer lienzos de labores de muchas diferencias para el ornato de los Dioses y de los templos. El traje que a la continua traían era todo blanco, sin labor ni color alguno.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 168).
Solo estaban un año en este servicio, al salir, muchas de ellas se casaban. Hoy casarse a los 14 años suena una locura, pero en ese tiempo la esperanza de vida rondaba los 20 años por lo que casarse a los 14 resultaba hasta una necesidad para preservar la especie.
“Estaban en este ejercicio y penitencia un año como los varones, el cual cumplido salían de allí para poderse casar así ellos como ellas, y en saliendo estos, luego sucedían otros porque de ordinario ellos ó sus padres por ellos hacían voto de servir en el templo un año con esta aspereza y penitencia, la cual hacían las mujeres a media noche al mismo tiempo que los varones sacrificándose en las puntas de las orejas hacia la parte de arriba, y la sangre que se sacaban se las ponían en las mejillas.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 168).
Disciplina férrea a los jóvenes mexicas.
Estos jóvenes vivían con una disciplina extrema, tanto que una falta les podía costar la vida y eran jóvenes que pertenecían solo a 6 barrios.
“Y dentro de su recogimiento vivían en mucha honestidad, y tenían una alberca donde se lavaban aquella sangre: su recogimiento era muy grande, vivían en mucha honestidad, y era tanto el rigor con que se miraba por ellas que si hallaban a alguno en algún delito contra honestidad por leve que fuera, los mataban luego sin ninguna remisión, diciendo haber violado la casa de su Dios y gran señor, sobre lo cual fundaban un agüero y era que como había mozos y mozas y conocían su poca constancia y mucha flaqueza, vivían siempre con gran cuidado y recelo, y así viendo entrar algún ratón en el oratorio del ídolo o algún murciélago o si hallaban acaso roído algún velo del templo, o agujero que hubiese hecho el ratón, luego decían que algún pecado se había cometido y que alguna injuria se había hecho a su Dios, pues el ratón o murciélago se había atrevido a ofender el ídolo, y andaban muy sobre aviso para saber quién era la causa de tan gran desacato. Hallado el delincuente por muy aventajado que fuera en dignidad y linaje, luego le mataban vengando con aquello la injuria que a su Dios se había hecho. Estos mozos y mozas habían de ser de seis barrios que para este efecto estaban nombrados, y no podían ser de otros.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 169).
Las chicas adolescentes hacían a Huitzilopochtli con amaranto.
“Las mozas de este recogimiento, dos días antes de la fiesta de este ídolo Huitzilopochtli, molían mucha cantidad de semilla de bledos juntamente con maíz tostado, y después de molido, lo amasaban con miel, y hacían de aquella masa un ídolo tan grande como era el de madera. Le ponían por ojos unas cuentas verdes, o azules, o blancas y por dientes unos granos de maíz, sentado con todo el aparato que arriba queda dicho, el cual después de perfeccionado venían todos los señores, y traían un vestido curioso y rico conforme al traje del ídolo, con el cual le vestían, y después de muy bien vestido y aderezado le vestían en un escaño azul en sus andas con sus cuatro maderos para llevarlo en hombros. Llegada la mañana de la fiesta, una hora antes de amanecer, salían todas estas doncellas vestidas de blanco con atavíos nuevos.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 170).
Adornos de palomitas de maíz.
Con las palomitas de maíz que hoy comemos en casa o en el cine, ellas hacían guirnaldas para la cabeza, collares y brazaletes para adorar a Huitzilopochtli.
“Y aquel día las llamaban hermanas del Dios Huitzilopochtli; venían coronadas con guirnaldas de maíz tostado y reventado, que parece azahar, y á los cuellos gruesos sartales de lo mismo que les venían por debajo del brazo izquierdo, puesta su color en los carrillos, y los brazos desde los codos hasta las muñecas, emplumados de plumas coloradas de papagayos, y así aderezadas tomaban las andas del ídolo en los hombros y las sacaban al patio donde estaban ya todos los mancebos vestidos, con unas sábanas de red galanas, coronados de la misma manera que las mujeres.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 169).
Procesión de Huitzilopochtli.
“En saliendo las mozas con el ídolo llegaban los mancebos con mucha reverencia y tomaban las andas en los hombros trayéndolas al pie de las gradas del templo donde se humillaba todo el pueblo, y tomando tierra del suelo se la ponían en la boca que era ceremonia ordinaria entre ellos: en los principales días de fiesta de sus dioses, hecha esta ceremonia salía todo el pueblo en procesión con toda la prisa posible, e iban a un cerro que está a una legua de esta ciudad, llamado Chapultepec y allí hacían estación y sacrificios. Luego partían con la misma prisa a un lugar cerca de allí, que se dice Atlacuyhuayan donde hacían la segunda estación, y de allí iban a otro pueblo una legua adelante, que se dice Coyohuacan, de donde partían volviéndose a la ciudad de México sin hacer pausa. Hacían este viaje de más de cuatro leguas en tres o cuatro horas: llamaban a esta procesión ypaina Huitzilopuchtli, que quiere decir el veloz y apresurado camino de Huitzilopuchtli. Acabados de llegar al pie de las gradas ponían allí las andas y tomaban unas sogas gruesas, y las ataban a los asideros de las andas y con mucho tiento y reverencia, unos tirando de arriba y otros ayudando de abajo, subían las andas con el ídolo a la cumbre del templo con mucho ruido de flautas y clamor de bocinas, y caracoles, y atambores, subiendo de esta manera por ser las gradas del templo muy empinadas y angostas, y la escalera bien larga, y así no podían subir con las andas en los hombros, y al tiempo que subían al ídolo estaba todo el pueblo en el patio con mucha reverencia y temor.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 170, 171).
Los huesos y carne de Huitzilopochtli.
Con esa imagen de Huitzilopochtli hecha a base de amaranto, simulaban la carne y huesos de Huitzilopochtli. Con esto también podemos entender por qué la conquista evangélica fue tan exitosa, había mucho sincretismo entre la religión mexica y la católica.
“Acabado de subirle a lo alto y metido en una casilla de rosas que le tenían hecha, venían luego los mancebos y derramaban muchas rosas de diversos colores hinchando todo el templo dentro y fuera de ellas. Hecho esto, salían todas las doncellas con el aderezo referido y sacaban de su recogimiento unos trozos de masa de maíz tostado, y bledos que es la mesma de que el ídolo era hecho, hechos á manera de huevos grandes, y los entregaban á los mancebos, y ellos los subían arriba, y los ponían a los pies del ídolo por todo aquel lugar hasta que no cabían más: a estos trozos de masa llamaban los huesos y carne de Huitzilopochtli. Puestos así los huesos salían todos los ancianos del templo, sacerdotes y levitas, y todos los demás ministros según sus dignidades y antigüedades, porque las había con mucho concierto y orden con sus nombres y ditados. Salían unos tras otros con sus velos de red de diferentes colores y labores según la dignidad y oficio de cada uno, con guirnaldas en las cabezas, y sartales de rosas en los cuellos. Tras estos, salían los dioses y diosas que adornaban en diversas figuras vestidas de la mesma librea, y poniendo en orden alrededor de aquella masa, hacían cierta ceremonia de canto y baile sobre ellos con la cual quedaban benditos y consagrados por carne y huesos de aquel ídolo, y luego se apercibían los sacrificadores para hacer el sacrificio en este gran templo de Huitzilopochtli cuya forma pintan de esta manera.” (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 173).
Ayuno y comida en honor de Huitzilopochtli.
“Este día del ídolo Huitzilopuchtli era precepto muy guardado en toda la tierra, que no se había de comer otra comida sino de aquella masa con miel de que el ídolo era hecho. Y este manjar se había de comer luego en amaneciendo, y no habían de beber agua ni otra cosa sobre ello hasta pasado el medio día, y lo contrario tenían por agüero y sacrilegio: pasadas las ceremonias, podían comer otras cosas. En este ínterin escondían el agua de los niños y avisaban a todos los que tenían uso de razón que no bebieran agua, porque vendría la ira de Dios sobre ellos y morirían, y guardaban esto con gran cuidado y rigor. Concluidas las ceremonias, bailes y sacrificios, se iban a desnudar, y los sacerdotes y dignidades del templo tomaban el ídolo de masa y lo desnudaban de aquellos aderezos que tenia, y así a él como a los trozos que estaban consagrados, los hacían muchos pedacitos, y comenzando desde los mayores comulgaban con ellos a todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mujeres, viejos y niños, y lo recibían con tanta reverencia, temor y lágrimas que ponía admiración, diciendo que comían la carne y huesos de Dios, teniéndose por indignos de ello; los que tenían enfermo pedían para ello, y se lo llevaban con mucha reverencia y veneración: todos los que comulgaban quedaban obligados adar diezmo de aquella semilla de que se hacia el ídolo.“ (Códice Ramírez, Orozco y Berra / Virgil 1878, 177).
Fuente bibliográficas:
- El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Clementina Battcock y Paloma Vargas. El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2024.
- Crónica mexicana. Hernando Alvarado Tezozómoc. Crónica mexicana, escrita por D. Hernando Alvarado Tezozómoc hacia el año MDXCVIII; anotada por Manuel Orozco y Berra y precedida del Códice Ramírez, manuscrito del siglo XVI intitulado Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus historias, y de un examen de ambas obras, al cual va anexo un estudio de cronología mexicana por el mismo Orozco y Berra. Ed. José María Vigil. México: Imprenta y Litografía de Ireneo Paz, 1878. Edición digital en Apple Books: Crónica mexicana (Apple Books). La edición electrónica fue publicada por la Secretaría de Cultura en 2017.
