
Con esta lámina empieza el primer capítulo dos la obra Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme de Fray Diego Durán, llamado De cómo estos naturales indios salieron de las siete cuevas donde habitaban para venir a esta tierra.
En esta imagen claramente podemos ver las siete cuevas, en cada una personas, pero no personas al azar, cada una pertenece a una de las siguientes ocho pueblos, en el orden en que aparecen en la tira de la peregrinación en su Lámina 2:
- Matlatzincas.
- Tepanecas.
- Tlahuicas.
- Malinalcas.
- Mexicas.
- Xochimilcas.
- Chalcas.
- Huexotzincas.

Capitulo II: “De cómo estos naturales indios salieron de las siete cuevas donde habitaban para venir a esta tierra”.
Chicomoztoc, Aztlan.
La mítica Aztlan, en donde se asentaban las siete cuevas o Chicomoztoc, el lugar de donde parten todas las tribus que se asientan en el Anáhuac y que como vimos en la anterior lámina, la ubican en el norte, posiblemente en Nuevo México, en La Florida, en Nayarit, en Pátzcuaro y un sin fin de teorías que han hecho alrededor de este mítico lugar, y escribo mítico porque es lo que es, como el edén, un lugar del que provienen, pero no tanto geográficamente como a manera de símbolo.
“Salieron, pues, siete tribus de gentes de aquellas siete cuevas donde habitaban, para venir a buscar esta tierra, a las cuales llama ban Chicomoste, de donde vienen a fingir que sus padres nacieron de unas cuevas, no teniendo noticia de lo de atrás, de la salida de los cuales trataré en el capítulo que sigue.” (Durán, Tomo I, Capítulo I, p. 9).
“De Colhuacan Chicomóztoc Quineuhyan salieron nuestros abuelos hacia todos los pueblos. Salieron de su morada, que era una cueva llamada Chicomóztoc, en el año 1 Ácatl 1051, en el día de signo 1 Cipactli. Después de salir, durante 13 años anduvieron caminando por entre magueyales y cactales.” (Anales de Tlatelolco, Capítulo VI, pp. 54, 55).
“La venida de estos Mexicanos muy antiguos, de la parte que ellos vinieron, tierra, y casa antigua llamada hoy día Chicomoztoc que es casa de siete cuevas cavernosas. segundo nombre llama Aztlan, que es decir asiento de la Garza, (o abundancia de ellas). Tenían en las Lagunas, y su tierra Aztlan un Cú, y en ella el templo de Huitzilopochtli, Ídolo, Dios de ellos, en su mano una flor blanca, en la propia rama del grandor de una rosa de Castilla, de más de una vara en largo, que llaman ellos, de suave olor. Antiguamente ellos se jactaban llamar Aztlantlaca.
Otros les llamaron Aztecas Mexitin, que este nombre de Mexitin quiere decir Mexicano: como más claro decir al lugar manantial de la uva, así Mexi, como si del Maguey saliera manantial.” (Tezozómoc, Capítulo I, p. 381).
“Habían pasado cinco años que los toltecas se habían destruido y estaba la tierra despoblada cuando vino a ella el gran chichimecatl Xolotl a poblarla, teniendo noticia por sus exploradores de su destrucción, que fue en el año de 963 de la encarnación de Cristo nuestro señor, que llaman macuilli tecpatl. El cual salió de hacia la parte septentrional y de la región y provincia que llaman Chicomoztoc.” (Ixtlilxóchitl, Capítulo 4, p. 88).
Como leímos arriba, La Tira de la Peregrinación nos menciona a ocho pueblos en lugar de siete, sin embargo, quien si entra a detalle con los siete pueblos es el Códice Ramírez:
“En el año de novecientos y dos, los primeros que salieron de las cuevas fueron seis linajes, conviene a saber, los Xuchimilcas que quiere decir “gente de las sementeras de flores”. De xuchitl, que es “flor” y milli que es “sementera”, se compone xuchimilli que significa “sementera de flores”; y de aquí se deriva el nombre Xuchimilca, que quiere decir “poseedores de las sementeras de flores”.
El segundo linaje es el de los Chalcas, que quiere decir “gente de las bocas”, porque challi” significa “algún hueco a manera de boca”, y así a lo hueco de la boca llaman camachalli, que se compone de camac que quiere decir la “boca”, y de challi que es lo “hueco”, y de este nombre challi, y esta partícula, ca, se compone Chalca, que significa “los poseedores de las bocas.”
El tercero linaje es de los Tepanecas, que quiere decir “la gente de la puente, o pasadizo de piedra”, se deriva su nombre de tepanohuayan, que quiere decir “puente de piedra”, el cual es compuesto, tetl, que es “piedra”, y panohua que es “vadear el agua” y de esta partícula yan que denota lugar; y así dicen de estas tres cosas tepanohuayan. Y de este nombre toman el tepano convirtiendo la, o, en e, y añaden el ca, y dicen Tepaneca.
El cuarto linaje es el de los Culhuas, que quiere decir “gente de la tortura o corva”, porque en la tierra de donde vinieron está un cerro con la puerta encorvada. Se compone e de coltic, que significa “cosa corva”, y de esta partícula, hua, que denota posesión; y así dicen Culhuas.
El quinto linaje es de los Tlalhuicas, se deriva su nombre de tatlic que significa hacia la tierra”, se compone de tlalli, que es “tierra”, y de esta partícula huic, que quiere decir “hacia”; y así toman este nombre tlalhuic, y le añaden esta partícula, ca, y componen tlalhuica, que significa “gente de hacia la tierra”.
El sexto linaje es el de los Tlaxcaltecas, que quiere decir “la gente del pan”, se compone de tlaxcalli que es “pan”, y de esta partícula tecatl, y dicen tlaxcalteca.
Estando ya los Chichimecas en alguna policía, y la tierra ya poblada y llena de los seis linajes referidos, pasados trescientos y dos años que habían dejado sus cuevas o solares, aportaron a esta tierra los de la séptima cueva, que es la nación mexicana, la cual, como las demás, salió de las tierras de Aztlan, Teuculhuacan. Gente belicosa y animosa, que emprendía sin temor grandes hechos y hazañas, política y cortesana. Traían consigo un ídolo que llamaban Huitzilopuchtli, que quiere decir “siniestra de un pájaro” que hay acá de pluma rica, con cuya pluma hacen las imágenes y cosas ricas de pluma. Componen su nombre de Huitzitzili, que así llaman al pájaro y de opochtli, que quiere decir “siniestra””, y dicen Huitzlilopuchtli.” (Códice Ramírez, pp. 79-84).
Por su parte, Tezozómoc inicia su Crónica Mexicana con la salida de Aztlan:
“La venida de estos mexicanos muy antiguos, de la parte que ellos vinieron, tierra, y casa antigua llamada hoy día Chicomoztoc que es casa de siete cuevas cavernosas. Segundo nombre llama Aztlan, que es decir asiento de la Garza, (o abundancia de ellas). Tenían en las Lagunas, y su tierra Aztlan un Cú, y en ella el templo de Huitzilopochtli, ídolo, Dios de ellos, en su mano una flor blanca, en la propia rama del grandor de una rosa de Castilla, de más de una vara en largo, que llaman ellos, de suave olor. Antiguamente ellos se jactaban llamar Aztlantlaca. Otros les llamaron Aztecas Mexitin, que este nombre de Mexitin quiere decir mexicano.” (Tezozómoc, Capítulo Primero, p. 381).
Chimalpáhin nos da más detalles de esta peregrinación, incluso con fechas y nos menciona que Aztlan y Chicomoztoc son dos lugares distintos, que en Aztlan estuvieron alrededor de mil años y de ahí partieron a Chicomoztoc:
“En este año, 1 Técpatl, salieron de su morada de Aztlan los aztecas Mexitin teochichimecas, los cuales ahora aquí se nombran tenochcas. Cuando habían transcurrido 1064 años desde el nacimiento de Jesucristo, hijo único del Dios verdadero, los Mexitin abandonaron a los otros pobladores de Aztlan. Llevaban allí mucho tiempo, pues los teochichimecas aztecas Mexitin estuvieron en Aztlan 1014 años… Los aztecas Mexitin que llegaron al medio de las siete cuevas eran diez mil, contando a las mujeres y a los niños. En este dicho año de 1 Técpatl llegaron al medio de la cueva rocosa horadada en siete sitios; y porque allí estaba aquella cueva rocosa con sus siete horadaciones en el acantilado, el lugar se llamaba Chicomóztoc.” (Chimalpáhin, Memorial de Culhuacan, pp. 87, 89).
Moctezuma Ilhuicamina envía a una embajada a buscar Aztlan.
Los mensajeros sabían que volver con las manos vacías ante un tlatoani que acababa de consolidar el Imperio Mexica era sentencia de muerte. Inventar un lugar místico donde “la gente no envejece” es la excusa perfecta para explicar por qué no pudieron traer pruebas físicas contundentes o por qué el lugar es inaccesible para el ejército.
También aparece un anciano regañándolos por estar “gordos y pesados” por el lujo de Tenochtitlan suena a una lección moral de los propios sacerdotes para la nobleza mexica. Usaron el “viaje” como una herramienta de control social y recordatorio de sus raíces humildes.
Durán también detalla que en esta expedición que de los 60 que fueron, solo volvieron 40 (los otros “murieron” o se perdieron en el camino). Esto refuerza la idea de una expedición fallida donde los sobrevivientes pactaron una versión fantástica para salvar el pellejo, y queda una leyenda por demás fantasiosa pero interesante:
El capítulo XXVII de Durán, se titula de la siguiente manera: “De cómo viéndose el rey Montecuma (Ilhuicamina) primero en tanta gloria y majestad, envió a buscar el lugar de donde sus antepasados habían venido, y a ver las siete cuevas en que habían morado y habitado, y de los grandes presentes que envió para que ofreciesen allí y los diesen a los que allí hallasen.”
Mandó a llamar a Tlacaelel, quien ya se había encargado junto con Itzcóatl de quemar varios códices para crear una historia de grandeza sobre los mexicas. Ahora se propusieron buscar sus orígenes.
“para esto mando llamar a Tlacaelel y le dijo: determinado he de juntar mis valientes hombres y enviarlos muy bien aderezados y apercibidos con gran parte de las riquezas que el Dios de lo criado y Señor por quien vivimos, del día y de la noche, nos a comunicado para que las ofrezcan allí y las den a los que hallaren en aquellos lugares; y también tenemos noticia que la madre de nuestro dios Vitzilopochtli quedó viva.”
Tlacaélel le recomienda no mandar soldados sino: “y para esto antes habías de buscar brujos o encantadores y hechiceros que con sus encantamientos y echicerías descubriesen estos lugares , porque según nuestras historias cuentan , ya aquel lugar está ciego con grandes jarales, muy espinosos y espesos , y con grandes breñales, y que todo está cubierto de grandes médanos y lagunas, y que está cubierto de espesos carrizales y cañaverales , y que será imposible encontrarla, si no es por gran ventura.”
Aquí nos dice Durán que los mexicas tenían historiadores, en este caso, mandaron a llamar al más sabio de ellos, Cuauhcóatl: “Montecuma, viendo el buen consejo de Tlacaélel, acordó de llamar al historiador Real, que se llamaba Cuauhcóatl, viejo de muchos años.”
En esta parte, Cuauhcóatl describe Aztlan: “Respondió Cuauhcóatl: poderoso Señor: lo que yo tu indigno siervo, sé de lo que me preguntas, es que nuestros padres moraron en aquel feliz y dichoso lugar que llamaron Aztlan, que quiere decir blancura: en este lugar hay un gran cerro, en medio del agua, que llamaban Culhuacan, porque tiene la punta algo retuerta hacia abajo, y a esta causa se llama Culhuacan, que quiere decir, “cerro tuerto” En este cerro había unas bocas o cuevas y concavidades donde habitaron nuestros padres y abuelos por muchos años allí tuvieron mucho descanso, debajo de este nombre Mexitin y Azteca: allí gozaban de mucha cantidad de patos de todo género, de garzas, de cuervos marinos y gallinas de agua y de gallaretas; gozaban del canto y melodía de los pajaritos de las cabezas coloradas y amarillas, gozaron de muchas diferencias de hermosos y grandes pescados; gozaron de gran frescura de arboledas que había por aquellas riberas, y de fuentes cercadas de sauces y de sabanas, y de alisos grandes y hermosos: andaban en canoas y hacían camellones en que sembraban maíz , chile, tomates, uauhtli, frijoles y de todo género de semillas de las que comemos y acá trajeron; pero después que salieron de allí a la tierra firme y dejaron aquel deleitoso lugar.”
De aquí Moctezuma Ilhuicamina mandó a llamar a sesenta hechiceros y encantadores de distintas provincias y les dio muchos artículos para como regalos: “cantidad de mantas, de todo género de ellas, y de vestiduras de mujer y de piedras ricas de oro y joyas muy preciosas, mucho cacao y teonacaztli, algodón, rosas de vainillas negras, muchas en cantidad, y plumas de mucha hermosura, las mejores y más grandes; en fin, de todas las riquezas de sus tesoros, lo mejor y más precioso.”
Llegando a Tula, ubicaron el cerro de Coatepec y ahí se embijaron con ungüentos, es decir, se fumaron seguramente su peyote y vieron lo siguiente:
El encuentro con los de Aztlan:
“Vieron alguna gente andar en canoas en pescas y en sus granjerías y que los llamaron. La gente de la tierra, como vio gente nueva y que hablaban su misma lengua, llegaron con las canoas a ver lo que querían y les preguntaron que de dónde eran y a qué venían. Ellos respondieron: señores: nosotros somos de México y somos enviados de nuestros señores a buscar el lugar a donde habitaron nuestros antepasados. Ellos les preguntaron ¿qué dios adoraban? Ellos dijeron que al gran Vitzilopochtli, y que el gran rey Montecuma y su coadjutor Tlacaélel les habían mandado viniesen á buscar a la madre de Vitzilopochtli, que se llamaba Coatlicue y el lugar de donde salieron sus antepasados, que se llama Chicomoztoc, y que le traían cierto presente a la señora Coatlicue, si era viva, y sino a sus padres y ayos que la servían. Ellos les mandaron esperar y fueron al ayo de la madre de Vitzilopochtli. El anciano viejo les dijo: sean bienvenidos.”
El ascenso a Culhuacan
“Luego volvieron con sus canoas y metiéndolos en ellas a ellos y a lo que llevaban, los pasaron al cerro Culhuacan, el cual de la mitad arriba, dicen que es de una arena muy menuda, que no se puede subir por estar tan fofa y onda, y entrando en una casa que el viejo tenía al pie del cerro, le saludaron con mucha reverencia y dijeron: venerable viejo y señor: aquí somos llegados tus siervos al lugar donde es obedecida tu palabra y reverenciado el aliento de tu boca. Él les respondió: sean bienvenidos, hijos míos: ¿quién os envió acá? Ellos dijeron: señor: nos envió Montecuma y su coadjutor Tlacaélel, que por sobre nombre tiene Cihuacóatl. El viejo dijo: ¿quién es Montecuma y quién Tlacaélel? No fueron de acá tales nombres, porque los que de acá fueron se llamaban Teçacatetl, Acacitli, Oçelopan, Ahatl, Xomimitl, Auetotl, Victon, Tenoch, y estos eran siete varones, y estos siete iban por caudillos de cada barrio. Sin estos fueron cuatro ayos de Vitzilopochtli, maravillosos, los cuales se llamaban Cuauhtloquetzqui y Acoloua y otros dos. Ellos le respondieron: señor: nosotros te confesaremos que no conocemos ya a esos señores, ni los vimos: ya no hay memoria de esos que mientas, porque todos son ya muertos: los hemos oído mencionar alguna vez. El viejo, espantado, respondió haciendo gran admiración, ¡oh Señor de lo criado! ¿pues qué los mató?; por qué en este lugar todos somos vivos los que ellos dejaron: ninguno se ha muerto. ¿Pues quién son los que viven ahora? dijo el viejo. Ellos le dijeron que los nietos de aquellos que él nombraba: les preguntó a quién tenían ahora por padre y ayo el dios Vitzilopochtli: le dijeron que un gran sacerdote que se llamaba Cuauhcóatl, al cual hablaba у decía lo que quería y a quién revelaba su voluntad. ¿Lo vieron ustedes?, dio el viejo. Ellos respondieron que no, y que los que los habían enviado era el rey y su coadjutor, pero que él no les había mandado ni dicho nada. Dijo el viejo, pues no avisará cuándo ha de volver, por acá dejo dicho a su madre que él volvería, y está la pobre hasta el día de hoy en espera, tan triste y llorosa, que no hay quien la consuele. ¿No fuera bien que la vieras y le hablaras? Ellos respondieron: señor; nosotros hicimos lo que nuestros señores nos mandaron y traemos un presente a la gran señora y nos mandaron que la viéramos y la saludemos y le diéramos a ella misma de los despojos y riquezas de que su hijo goza. El viejo les dijo: pues toma lo que traes y anda acá. Ellos se echaron a cuestas el presente y se fueron tras el viejo, el cual empezó a subir por el cerro arriba con gran ligereza y sin pesadumbre: ellos iban tras él cavando por la arena, con gran pesadumbre y trabajo. El viejo, volviendo la cabeza, los vio que la arena le llegaba casi a la rodilla y que no podían subir, el cual les dijo: ¿qué hacen? ¿no suben? dense prisa.”
Aquí se les recrimina su abundancia, esa que hace débiles a las personas, como dijo Michael Hopf: “Los tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles crean hombres débiles; y los hombres débiles crean tiempos difíciles”.
“Ellos, queriéndole seguir, quedaron metidos y atascados en el arena hasta la cintura, y no pudiendo menearse, dieron voces al viejo, que iba con tanta presteza que parecía que no tocaba a la arena . El viejo volvió y dijo; ¿qué han hecho, mexicanos? ¿Qué los a hecho tan pesados? ¿Qué comen allá en sus tierras? Señor, comemos las viandas que allá se crían, y bebemos cacao. El viejo les respondió: esas comidas y bebidas los tienen, hijos, grandes y pesados y no los dejan llegar a ver el lugar donde estuvieron sus padres y eso les ha acarreado la muerte; y esas riquezas que traen no usamos acá de ellas, sino de pobreza y pesadez, y así, quédense aquí, que yo llamaré a la señora de estas moradas, madre de Vitzilopochtli, para que la vean; y tomando una carga de aquellas en los hombros la subió como si llevara una paja, y volviendo por las otras, las subió con gran facilidad. Acabado de subir todo lo que los mexicanos traían, salió una mujer, ya de grande edad según mostraba en su aspecto, y la más fea y sucia que se puede pensar ni imaginar: traía la cara tan llena de suciedad y negra, que parecía cosa del infierno, y llorando amargamente les dijo a los mexicanos: sean bienvenidos, hijos míos: han de saber que después que se fue su dios y mi hijo Vitzilopochtli, de este lugar, estoy en llanto y tristeza esperando su retorno, y desde aquel dia no me he lavado la cara, ni peinado mi cabeza, ni mudado mi ropa, el cual luto y tristeza me durará hasta que el vuelva: ¿es verdad, hijos míos, que los enviaron los señores de aquellos siete barrios que llevó de aquí mi hijo? Ellos alzando los ojos y viendo una mujer tan abominable y fea, llenos de temor se le humillaron y dijeron: grande y poderosa señora: A los señores de los calpules no los vimos ni nos hablaron: el que nos envía acá es tu siervo el rey Montecuma y su coadjutor Tlacaelel Ciuacoatl, para que te viéramos y te buscáramos el lugar donde habitaron sus antepasados, y nos mandaron que te besáramos de su parte las manos; que seas sabedora como el reina ahora y rige a la gran ciudad de México, y que sepas que no es él el primer Rey, que él es el quinto y que el primero que reinó fue llamado Acamapichtli, y el segundo Vitziliuitl, y el tercero Chimalpopoca, y el cuarto Itzcoatl, y que yo, su indigno siervo, soy el quinto y que me llamo Veue Montezuma, y quedo muy a su servicio; y que sepas que los cuatro reyes pasados pasaron mucha hambre y pobreza y trabajo , y que fueron tributarios de otras provincias, pero que ahora ya está la ciudad próspera y libre, y se han abierto ya y asegurado los caminos de la costa y de la mar y de toda la tierra , y que ya México es ya señora y princesa, cabeza y reina de todas las ciudades, pues todos están a su mandar, y que ya se han descubierto las minas de oro y de plata y de piedras preciosas, y que ya se ha hallado la casa de las ricas plumas; y para que lo veas te invia esas cosas y presente, que son los bienes y riquezas de tu hijo maravilloso Vitzilopochtli.”
Coatilcue habla de la predicción de Huitzilipochtli acerca de la llegada de los españoles:
“Ella les dijo, ya algo aplacada de su llanto, sea en hora buena, hijos míos; yo se lo agradezco a esos mis hijos: ¿díganme si son vivos los viejos que llevó de aquí mi hijo? Ellos le respondieron: señora, no son ya en el mundo; muertos son, y nosotros no los conocimos: no ha quedado más de su sombra y memoria. Ella tornó a su llanto, y dijo que los mató, pues acá todos son vivos sus compañeros; y díganme, hijos, ¿esto que traen es de comer? Ellos le dijeron: señora, de ello se come y de ellos se bebe: el cacao se bebe y lo demás se revuelve con ello, y algunas veces se come. Eso los tiene apesgados, hijos míos, y ha sido causa de que no hayan podido subir acá: pero díganme, ¿el traje de mi hijo es de la manera que muestran estas mantas y plumas y riquezas? Ellos le dieron, señora, sí; así se compone y adereza, y así se atavía con esas riquezas y galanías, porque es señor de todas ellas. Respondió Coatlicue: está muy bien, hijos; mi corazón queda quieto, pero díganle que tenga lástima de mí y del gran trabajo que sin él paso: miren cual estoy, en ayuno y penitencia, por su causa: ya sabe que me dijo, cuando se partía: madre mía , no me detendré mucho en dar la vuelta, no más de cuanto llevo a estos siete barrios y los aposento en donde han de habitar y poblar aquella tierra que les es prometida; y habiéndolos asentado y poblado y consolado luego volveré у daré la vuelta, y esto será en cumpliéndose los años de mi peregrinación y el tiempo que me está señalado, en el cual tiempo tengo de hacer guerra á todas las provincias y ciudades, villas y lugares, y traerlos y sujetarlos a mi servicio; pero por la misma orden que yo las ganara, por esa misma orden me los han de quitar y tornar a ganar gentes extrañas, y me han de echar de aquella tierra; entonces me vendré acá y me volveré a este lugar, porque aquellos que yo sujetare con mi espada y rodela , esos mesmos sean de volver contra mí y han de empezar desde mis pies a echarme cabeza abajo, y yo y mis armas iremos rodando por el suelo: entonces, madre mía, es cumplido mi tiempo y me volveré huyendo a vuestro regazo, y hasta entonces no hay que tener pena; pero lo que te suplico es que me des dos pares de zapatos, los unos para ir y los otros para volver, y dame cuatro pares, dos у dos para volver; y yo le dije: hijo mío, ir en hora buena, y mira que no te detengas, sino que en cumpliendo ese tiempo que dices. Me parece, hijos míos, que él se debe de hallar bien allá y está, se quedó y no se acuerda de la triste de su madre, ni la busca, ni hace caso de ella: por tanto, yo les mando que le digas que ya cumplido el tiempo, que se venga luego; y para que se acuerde que le deseo ver y que soy su madre, denle esta manta de henequén y este braguero para que se los ponga. Ellos tomaron la manta y braguero y se volvieron a descender del cerro.
En su camino de regreso el viejo se hacía viejo, pero al entrar en cierta parte del cerro, se hacía joven. De los sesenta que fueron solo regresaron cuarenta:
“Llegando unos antes y otros después y contándose, mirando los unos por los otros, hallaron veinte menos, y admirándose de verse así diezmados y que faltaba la tercera parte, dijeron algunos que las bestias fieras con que habían topado los habían comido y las aves de rapiña, y no debió ser sino que el demonio los tomó y diezmó en pago de su trabajo, porque dice la historia que fueron en diez días y que volvieron en ocho, (camino de trescientas leguas, y aun tardaron mucho porque en más breve los pudiera llevar y traer el que trajo a otro en tres días desde Guatemala por el deseo que una dama vieja tenia de verle aquella buena cara, como se relató en el primer auto que en México se celebró de la santa Inquisición .”
La reacción de Moctezuma y Tlacaélel ante esta historia de fantasía:
Monteçuma y Tlacaélel empezaron a llorar y hacer gran sentimiento, se acordaron de sus antepasados y del deseo que de ver aquel lugar les dio; y diciendo a los que habían ido que descansaran, que se lo agradecían, les mandaron dar a todos de vestir y algunas cosas por su trabajo y hacerles mercedes y llevar la manta de henequén y braguero al templo, y que se le diese a Vitzilopochtli, pues su madre se lo enviaba. (Durán, Capítulo XXVII, pp. 243 – 253).
Nos deja muchas reflexiones esta fábula, como el hecho de que los hechiceros recriminan la abundancia con que viven, enaltecen a Huitzilopochtli, piden austeridad y siguen moldeando la historia de manera que puedan tener más control sobre los mexicas. en especial, sobre los macehuales, es decir, el control político religioso sobre el pueblo.
Fuentes consultadas:
Anales de Tlatelolco. (2004). Conaculta.
Badock, C., & Vargas, P. (2024). El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Fondo de Cultura Económica.
Chimalpáhin, Domingo. (2003). Las Ocho Relaciones y el Memorial de Colhuacan, Tomo I. Cien de México.
Durán, D. (1867). Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I). Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
Alvarado Tezozómoc, H., Orozco y Berra, M., & Vigil, J. M. (2017). Crónica Mexicana precedida del Códice Ramírez. [Versión digital]. Secretaría de Cultura. https://books.apple.com/mx/book/cronica-mexicana/id1202863320
Alva Ixtlilxóchitl, F. de. (2024). Historia de la nación chichimeca. Fondo de Cultura Económica.
Durán, D. (2002). Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I). CONACULTA, Rafael Donis Lechón (Fotografías).
Brito, B., Guadarrama, M. A., & Baltazar, S. (2023). El Códice Boturini o Tira de la Peregrinación. Fondo de Cultura Económica; Instituto Nacional de Antropología e Historia.

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