Sí: el primer español —y posiblemente la primera persona en el mundo— que escaló el Popocatépetl fue Diego de Ordaz. Según narra Bernal Díaz del Castillo, los huexotzincas se negaban a subir hasta la cima del volcán, pues no acostumbraban a ir más allá de los cúes (templos) construidos en las faldas. El temor al fuego, a los temblores y a las rocas que arrojaba el Popocatépetl era demasiado grande.

Pero Ordaz y sus hombres, desafiando el peligro, continuaron hasta “la boca, que era muy redonda y ancha y que habría en el anchor un cuarto de legua”, según describe Bernal.
Tiempo después —aunque no se menciona una fecha exacta— otro intento fue protagonizado por un español de apellido Montaño. Francisco Cervantes de Salazar lo ubica cronológicamente después de la caída de México-Tenochtitlan, con la frase: “Ganado ya México”.

Durante el asedio, Hernán Cortés había perdido gran parte de su pólvora, y otra cantidad se había quemado por accidente. Ante la urgente necesidad de más, Montaño se ofreció para subir al Popocatépetl y extraer azufre del cráter. Contaba con experiencia: ya había escalado el Teide, en Tenerife.
Cervantes de Salazar, quien vivió en la Ciudad de México y conversó con conquistadores y también con indígenas, dejó testimonio de esta hazaña.
Narra que durante el ascenso les cayó la noche, y el frío era tan intenso que “acordaron de abrir la arena y hacer un hoyo donde todos cupiesen, y tendidos y cubiertos con la manta pudiesen defenderse del frío… Tras lo cual salió gran calor y con él tanto hedor a azufre.” El calor era bienvenido, pero el hedor se volvió insoportable.
A medianoche, reanudaron la marcha. Sin embargo, en la oscuridad un soldado cayó desde gran altura. Intentaron ayudarlo, pero no pudieron moverlo, por lo que pasaron la noche inmóviles, “calentándose las manos con el vaho de la boca, teniendo los pies y piernas tales que no los sentían del frío”.
Al amanecer continuaron, y fueron recibidos por una lluvia de ceniza ardiente. Una de esas piedras encendidas “vino rodando a parar donde ellos estaban… Calentáronse a ella de tal manera que volvieron en sí; tomando nuevo esfuerzo y aliento (como suelen los españoles con pequeño socorro)”.
Cerca de la cima, uno de los acompañantes se desmayó. Finalmente, Montaño logró llegar al cráter y, “colgado de una guindalesa, con un costal aforrado en cuero de venado, muy adentro del volcán, sacó de la primera vez casi lleno el costal de azufre”. Lo repitió, junto con un compañero, siete veces más, hasta completar ocho arrobas y media —unos 98 kilos.
Hernán Cortés lo recompensó generosamente, y Montaño fue admirado por muchos indígenas que consideraban la hazaña sobrehumana. Sin embargo, juró no volver a hacerlo. “Era cosa espantosa volver los ojos hacia abajo”, narraba, “porque, allende de la gran profundidad que desvanecía la cabeza, espantaba el fuego y la humareda que, con piedras encendidas, de rato en rato, aquel fuego infernal despedía”.
¿Qué te pareció esta hazaña de escalar el Popocatépetl, sin equipo especial y en plena actividad? Vaya que los españoles son muy hozados y valientes.
Fuentes consultadas:
• Díaz del Castillo, Bernal. Verdadera historia de la conquista de la Nueva España. México: Fernández Editores, 1961.
• Cervantes de Salazar, Francisco. Crónica de la Nueva España II. Disponible en Apple Books.
