Los mártires del 11 de abril: una mirada desde el conservadurismo.

Durante la Guerra de Reforma se suscitaron batallas muy cruentas entre liberales y conservadores en las cuales, ambos bandos cometieron masacres, tanto dentro del campo de batalla como con los prisioneros de guerra, quienes eran fusilados.

Dichos condenados al paredón eran normalmente oficiales y generales, la tropa tenía otros destinos, ser fusilados, irse libres, quedar presos o cambiarse de bando, sin que se pudiera considerar una traición puesto que la mayoría eran soldados reclutados por medio de la leva.

Sin embargo, hubo una que destacó debido a que no solo fusilaron a los combatientes que fueron hechos prisioneros sino a un conjunto de médicos que se acercó a curar tanto a conservadores como a liberales.

Esa división estaba comandada por el general Leonardo Márquez, a quien, tras estos sucesos, le apodaron El Tigre de Tacubaya o Leopardo Márquez. Como general no se mandaba solo, sino que le rendía cuentas al presidente Miguel Miramón.

De aquí nos llega la versión de Miguel Miramón gracias al magnífico libro que se recopiló a raíz de las Memorias que escribió su esposa, Concha Lombardo:

“El general Márquez tomó el rumbo de Tacuba, llegó a un lugar llamado Molino Prieto y pasando por los confines de la hacienda los Morales, llegó a las lomas de Tacubaya”.

Concha Lombardo presenció la batalla desde una torre de la catedral, desde donde vio claramente a Leonardo Márquez combatir en el frente de batalla “La batalla comenzó a las siete de la mañana y concluyó a las once…a las doce del día comenzaron las salvas de artillería y el repique de las campanas”, lo anterior, en señal de triunfo.

Fue un momento de júbilo para el ejército conservador y para el clero católico, quienes celebraron el triunfo de la batalla con júbilo, tanto así, que Concha Lombardo, presa del momento efusivo, ascendió a General de División a Leonardo Márquez, por supuesto con la autorización del presidente Miguel Miramón, quien le reprochó el atrevimiento mas no le quitó el ascenso a Leonardo Márquez.

Para estos momentos, aun seguían presos quienes serían fusilados, tanto fue así que la esposa de Agustín Jáuregui le fue a suplicar a Concha Lombardo por la vida de su esposo. Ante tal petición, su esposo, Miguel Miramón, respondió: “He dado la orden para que fusilen a los militares; a los paisanos no se les aplica la pena de muerte y no los pueden matar”, palabras que repetiría en su juicio y poco antes de ser fusilado al lado de Maximiliano y Mejía en 1867.

Concha Lombardo arguye que Leonardo Márquez “tomó el rábano por los hojas, y se valió de la orden de mi esposo para hacer mesa limpia, haciendo fusilar a Agustín Jáuregui, cuatro médicos, Covarrubias, Portugal, Rivero y Duval; cuatro paisanos, Mateos, Arteaga, Abad, un herrero alemán Eugenio Kiser (éste estaba ahí obligado por los liberales para arreglar las armas) y cinco oficiales del general Lazcano”.

Concha Lombardo se queja de que la responsabilidad y decisión fue del general Leonardo Márquez, a pesar de que la opinión pública condenó tanto a Miramón como a Leopardo Márquez, quien siempre argumentó que él solamente recibió órdenes, como se lo confesaría años después a Ángel Pola.

En esta entrevista quiere parecer una buena persona: “Di orden para que todo se concentrara en ella sin tocar la vida a nadie, y así se verificó…hablé con los prisioneros, y previne que a ninguno se hiciera el menor mal”.

Platica que acompañó a Miramón a la Ciudad de México y que mientras iba de regreso, le llegó la orden de Miramón por escrito: “General en jefe del ejército nacional. – Exmo. Señor: – En la misma tarde de hoy, y bajo la mas estrecha responsabilidad de V.E., mandará sean pasados por las armas todos los prisioneros de la clase de oficiales y jefes”.

Continúa Márquez con su defensa: “Protesto bajo mi palabra de honor que semejante orden me sorprendió tanto cuanto me desagradó…con lo cual se demuestra que jamás tuve ánimo de que se ejecutara a persona alguna”.

Aquí podemos leer a un Leonardo Márquez como una víctima que solo seguía órdenes. Sin embargo, ese mismo día redactó su parte oficial por escrito, dirigido a Miguel Miramón: “Entre los prisioneros que se han hecho se cuentan al ex general D. Marcial Lazcano y muchos oficiales, que han expiado ya en el patíbulo que merecían el crimen que cometieron…En este momento tengo la honra de enarbolar por mi propia mano, en el fuerte de Chapultepec, el pabellón nacional, usando para este objeto de la bandera del benemérito batallón de Ingenieros. Este acto llena mi alma de un regocijo que no puedo explicar, y que me acompañará todo el resto de mi vida”.

Como podemos leer, encontramos a un Leonardo Márquez en su verdadera naturaleza, no la de su supuesto arrepentimiento que más bien era para que le permitieran lavar su imagen y que pudiera regresar en paz de su exilio en Cuba.

A más de siglo y medio de distancia, el 11 de abril de 1859 sigue siendo un recordatorio del costo humano de la Guerra de Reforma. Leonardo Márquez, “El Tigre de Tacubaya”, no solo dejó una huella imborrable en los campos de batalla, sino también en la memoria histórica, donde se entrelazan órdenes, justificaciones y la interpretación de la historia por quienes la vivieron. Al mirar atrás, podemos cuestionar la frontera entre la obediencia y la responsabilidad, y comprender que los mártires de Tacubaya no son solo nombres en un registro o el nombre actual de una calle en Tacubaya, sino testimonios vivos de la complejidad de un país en guerra.

Fuentes consultadas:

Lombardo, C. de M. (2011). Memorias (pp. 206–211). Editorial Porrúa.

Pola, Á., & Márquez, L. (1904). Manifiestos (El Imperio y los imperiales) (pp. 55–58). Secretaría de Cultura. https://books.apple.com/mx/book/el-imperio-y-los-imperiales/id1080192055

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *