“El undécimo señor de Tenochtitlan se dijo Quauhtémoc, y gobernó a los de México cuatro años, y en su tiempo los españoles conquistaron a la ciudad de México y a toda la comarca, y también en su tiempo llegaron y vinieron a México los doce frailes de la Orden del Señor de San Francisco que han convertido a los naturales a la Santa Fe Católica, y ellos y los demás ministros han destruido los ídolos y plantado la Fe Católica en esta Nueva España.” (Sahagún, Libro Octavo, Capítulo I, p. 432).

Posiblemente, junto con Cuitláhuac, es de los tlatoanis más respetados actualmente porque representaron la resistencia ante los castellanos, siendo Cuitláhuac el comandante de la Noche Triste o de la Noche Jubilosa, según quien platique la historia.
Cabe aclarar que su nombre no es “Águila que cae”, un término catastrófico que le han dado, haciendo alusión a que su Tonalli, destino, era ver caer a Tenochtitlan pero él nació seguramente a principios de 1500, cuando aun no sabían de la llegada de los españoles. Su verdadero significado es “Águila que desciende”, semántica que, refiriéndose a un Águila, cambia drásticamente. Si cayera, sería por alguna herida pero cuando la águilas descienden, lo hacen para atacar, para capturar a su presa.
Descripción de Cuauhtemoc
“Y aquel señor que hicieron Rey era in sobrino o pariente muy cercano del gran Moctezuma, que se decía Guatemuz, mancebo de hasta veinte y cinco años, bien gentil hombre para ser indio, y muy esforzado; y se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban de él; y estaba casado con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india.” (Bernal Díaz del Castillo, Capítulo CXXX, p. 599).
Y vaya honda impresión que le dejó Cuauhtémoc a Bernal Díaz del Castillo, quien lo nombra nada más y nada menos que en ciento sesenta y ocho ocasiones en su libro.
Hernán Cortés nombra a Cuauhtémoc hasta la Tercera Carta de Relación y ya muy avanzada, después de 45 días de tener cercada Tenochtitlan:
“Y que ya más de cuarenta y cinco días que estábamos en el cerco, acordé de tomar medio para nuestra seguridad y para poder más estrechar a los enemigos, y fue que como fuésemos ganando por las calles de la ciudad, que fuesen derrocando todas las casas de ellas de él un cabo y del otro, por manera que no fuésemos un paso adelante sin dejar todo asolado…, y quemamos las casas del señor de la ciudad, que era mancebo de edad de diez y ocho años, que se decía Guatimucin, que era el segundo señor después de la muerte de Mutezuma.” (Hernán Cortés, Tercera Carta de Relación, p. 196).
Aquí podemos leer que le atribuye a Cuauhtémoc 18 años y también leemos la destrucción sistemática que hizo de Tenochtitlan.
Hernán Cortés nombra a Cuauhtémoc hasta la Tercera Carta de Relación y ya muy avanzada, después de 45 días de tener cercada Tenochtitlan:
“Y que ya más de cuarenta y cinco días que estábamos en el cerco, acordé de tomar medio para nuestra seguridad y para poder más estrechar a los enemigos, y fue que como fuésemos ganando por las calles de la ciudad, que fuesen derrocando todas las casas de ellas de él un cabo y del otro, por manera que no fuésemos un paso adelante sin dejar todo asolado…, y quemamos las casas del señor de la ciudad, que era mancebo de edad de diez y ocho años, que se decía Guatimucin, que era el segundo señor después de la muerte de Mutezuma.“ (Hernán Cortés, Tercera Carta de Relación, p. 196).
Aquí podemos leer que le atribuye a Cuauhtémoc 18 años y también leemos la destrucción sistemática que hizo de Tenochtitlan.
Cuauhtémoc es nombrado Tlatoani.
“Cuauhtemoctzin Tlacateuctli Xocóyotl se enseñoreó en el año 10 Ácatl, 1515”. (Anales de Tlatelolco, II, Complemento de los “Gobernantes de Tlatelolco”, p. 29).
Los Anales de Tlatelolco nos aclaran que Moquihuix fue Tlatocáyotl, pero a raíz de su muerte y derrota, siguieron solo Cuauhtlatoque, título que tenía Cuauhtémoc a la llegada de los castellanos.
“Todo lo que el cautivo dijo era verdad, excepto que Cuetlauac había ya fallecido de viruelas, y reinaba Cuauhtimoccin, sobrino, y no hermano, como algunos dicen, de Moctezuma; hombre muy valiente y guerrero, según después diremos, y que envió sus mensajeros por toda la tierra, unos a quitar tributos a sus vasallos, y otros a dar y prometer grandes cosas a los que no lo eran, diciendo cuánto más justo era seguirle y favorecerle a él que no a Cortés, ayudar a los naturales que a los extranjeros, y defender su antigua religión que acoger la de los cristianos, hombres que se querían hacer señores de lo ajeno; y tales, que si no les defendían en seguida la tierra, no se contentarían con ganarla toda, sino que tomarían la gente por esclavos, y la matarían; pues así le estaba certificado.” (Gómara, p. 428).
“En este año, 3 Calli, 1521, se enseñoreó el señor Cuauhtemoctzin. Entonces nos combatieron; en tóxcatl llegaron a Nonohualco, y durante 80 días nos estuvieron atacando; finalmente, en tlaxochimaco fuimos derrotados. Entonces aprehendieron a Cuauhtemoctzin, y lo llevaron a Coyohuacan.” (Chimalpáhin, p. 413).
Es interesante cómo Chimalpáhin utiliza el pronombre personal nosotros al referirse a los mexicas, siendo que él era de Amecameca, a diferencia de Alvarado Tezozómoc, mexica y Alva Ixtlilxóchitl, texcocano, ellos dos utilizan el pronombre personal nosotros cuando se refieren a los españoles, es decir, los dos últimos se identificaban con los españoles mientras que Chimalpáhin se identificaba con los naturales de América.
“Mientras pasaban las cosas referidas en Tlaxcalan, fue tan grande y tan general el daño que hicieran las viruelas que pegó el negro de Narváez que perecieron muchos millares de naturales. Y entre ellos murió el rey Cuitlahua, que había gobernado sólo cuarenta y siete días, y así mismo murió Totoquihuatzin, rey de Tlacopan. Y en lugar de estos dos, los mexicanos eligieron por su rey a Quauhtemoctzin, de edad de dieciocho años, famosísimo capitán, cual convenía para el tiempo y trance en que se veían los mexicanos, que era sumo sacerdote de sus falsos dioses y señor de Tlatelolco. Y los de Tlacopan eligieron por su rey al príncipe heredero, Tetlepanquezaltzin.” (Ixtlilxóchitl, Capítulo 90, p. 432).
Interesante ver como los destino de los señores de Tlacopan y Tenochtitlan estuvieron unidos, Cuitláhuac y Totoquihuatzin fueron muertos por viruela mientras que Tetlepanquetzantli y Cuauhtémoc, como veremos más adelante, fueron torturados cuando les quemaron los pies y ambos murieron ahorcados por Hernán Cortés en su expedición a Las Hibueras.
Le queman los pies a Cuauhtemoc, ¿acaso estoy en un lecho de rosas?
Por supuesto que lo que más les importaba a los castellanos era el oro, recordemos que la gran mayoría estaban en América puesto que en España tenían pocas posibilidades de salir de pobres. Aquí es donde la ambición hace que Hernán Cortés y el tesorero Julián de Alderete, les quemen los pies a Tetlepanquetzaztli, señor de Tlacoan (Tacuba) y a Cuahtémoc:
“Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo y gran privado; y ciertamente le pesó mucho á Cortés, porque á un señor como Guatemuz, Rey de tal tierra, que es tres veces más que Castilla, le atormentasen por codicia del oro, que ya habían hecho pesquisas sobre ello, y todos los mayordomos de Guatemuz decían que no había más de lo que los oficiales del Rey tenían en su poder, y eran hasta trecientos y ochenta mil pesos de oro, porque ya lo habían fundido y hecho barras; y de allí se sacó el real quinto, é otro quinto para Cortés; y como los conquistadores que no estaban bien con Cortés vieron tan poco oro, y al tesorero Julián de Alderete le decían algunos de ellos que tenían sospecha que por quedarse Cortés con el oro no querían que prendiesen al Guatemuz ni le diesen tormento; y porque no le achacasen algo á Cortés, y no lo podía excusar, consintió que le diesen tormento á Guatemuz, como al señor de Tacuba; y lo que confesaron fue, que cuatro días antes que le prendiesen lo echaron en la laguna, ansí el oro como los tiros y escopetas y ballestas, y otras muchas cosas de guerra que de nosotros tenían de cuando nos echaron de Méjico y cuando desbarataron ahora a la postre á Cortés; y fueron adonde Guatemuz había señalado, y entraron buenos nadadores y no hallaron cosa ninguna.” (Bernal Díaz del Castillo, Capitulo CLVII, p. 831)
“Cuando se hubieron marchado los enviados de los señores tlatelolcas, los españoles fueron a donde estaban los señores de Tenochtitlan para interrogarlos, y entonces le quemaron los pies a Cuauhtemoctzin.” (Anales de Tlatelolco, Capítulo VI, p. 121).
Gómara es quien nos menciona la parte en donde Tetlepanquetzal se queja de dolor y Cuauhtémoc, haciendo gala de su bravura y de la educación en el Calmécac que incluía torturas a su cuerpo, le responde con ironía. No dijo “en un lecho de rosas”, pero si algo parecido:
“No se halló en México todo el oro que primeramente tuvieron los nuestros, ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama; de lo que mucho se lamentaban los españoles, pues pensaban, cuando acabaron de ganar a México, hallar un gran tesoro, o al menos que hallaran cuanto perdieran al huir de tal ciudad. Cortés se maravillaba de que ningún indio le descubría oro ni plata. Los soldados presionaban a los vecinos por sacarles dinero. Los oficiales del Rey querían descubrir el oro, plata perlas, piedras y joyas, para juntar mucho quinto; empero: nunca pudieron conseguir que ningún mexicano dijese nada, aunque todos decían que era grande el tesoro de los dioses y de los reyes; así que acordaron dar tormento a Cuahutimoccín y a otro caballero privado suyo. El caballero tuvo tanto sufrimiento, que, aunque murió en el tormento de fuego, no confesó cosa alguna de cuantas le preguntaron sobre tal caso, o porque no lo sabía, o porque guardan con gran constancia el secreto que su señor les confía. Cuando lo quemaban miraba mucho al rey, para que, teniendo compasión de él, le diese licencia, como dicen, de manifestar lo que sabía, o lo dijese él.
Cuahutimoccín le miró con ira y, lo trato vilmente, como persona muelle y de poco, diciendo si estaba él en algún deleite o baño. Cortés quitó del tormento a Cuahutimoccín, pareciéndole afrenta y crueldad, o porque dijo que había echado en la laguna, diez días antes de su prisión, las piezas de artillería, el oro y plata, las piedras, perlas y ricas joyas que tenía, por haberle dicho el diablo que sería vencido.
Acusaron esta muerte a Cortés en su residencia como cosa fea e indigna de tan gran rey, y que lo hizo de avaro y cruel; más él se defendía con que se hizo a petición de Julián de Alderete, tesorero del Rey, y porque se averiguase la verdad; pues todos decían que se guardaba él toda la riqueza de Moctezuma, y no quería atormentarle para que no se supiese. Muchos buscaron este tesoro en la laguna y en tierra, por lo que dijo Cuahutimoccín, más nunca se halló; y es cosa notable haber escondido tanta cantidad de oro y plata y no decirlo.” (Gómara, pp. 523, 524).
Muerte de Cuauhtemoc
Todas las fuentes coinciden en que Hernán Cortés fue quien ordenó que ahorcaran a Cuauhtémoc, la mayoría coincide en que fue en el camino a Las Hibueras, incluido el mismo Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo.
Sin embargo, los Anales de Tlatelolco nos dan otra versión, aunque con el mismo final.
“Aquí [se ve cómo] Cuauhtemoctzin Tlacateuctli Xocóyotl se enseñoreó en el año 10 Ácatl [1515]. Los españoles llegaron cuando él llevaba cuatro años gobernando en Tlatelolco; en su tiempo se hizo la guerra aquí en Tlatelolco. Y una vez concluida la guerra, el capitán Marqués pretendía llevarlo a Castilla, junto con algunos tenochcas. Ya no había tlatoani en Tenochtitlan; pero un hombre llamado Mexícatl, un enano de rollizas pantorrillas, se hacía pasar por señor, rodeado por sus amigos. Cuando ya iban de camino, levantaron jacales separados, uno para el tlatelolca Cuauhtemoctzin, y otro para el tenochca [Mexícatl], a fin de que cada uno de ellos estuviera por sí. Dijo, pues, el tlatoani Cuauhtemoctzin: “Señores tlatelolcas, ya nos llevan a Castilla, pero aquí en Acallan están vuestros vasallos. Que se vaya a decir a los señores que gobiernan en Acallan: “Ya nos llevan a Castilla. Que un poco al menos se compadezcan de nosotros, porque vamos a saludar al gran teul emperador que está en Castilla'”‘. Fueron, pues, los enviados tlatelolcas; y al llegar a Acallan, saludaron a los señores, y dieron a los de Acallan el mensaje de Cuauhtémoc. Cuando hubieron escuchado el mensaje señorial, dijeron todos: “Que venga acá nuestro señor; nosotros lo serviremos. Que se digne visitar a sus vasallos; aquí hay lo que necesita, que lo tome”. Regresaron los enviados para informar a su señor, le dijeron: “Señor tlatoani, hemos ido adonde nos mandaste, y esto nos dijeron: ‘Que venga nuestro señor, que se digne visitar a sus vasallos; nosotros lo serviremos'”. Ya bien entrada la noche, le oyeron decir: “¡Ea! Esto hay que hacer: saldremos a la madrugada”. Y cuando empezó a clarear, [el señor] les dijo: “Partamos, vayamos a saludar a los señores de Acallan”. Se pusieron en marcha los tres señores: Cuauhtemoctzin, tlatoani de Tlatelolco; Coanacochtzin, señor de Tetzcoco; y Tetlepanquetzatzin, señor de Tlacopan, junto con otros señores. Los acaltecas habían adornado con ramas de oyamel, y salieron a recibir [al señor] con unos abanicos de plumas de quetzal para darle sombra, le revistieron una tilma y sandalias de turque-sa, le pusieron un pectoral de oro y un collar de jade, y brazaletes de piedras preciosas. Pero lo más hermoso era una diadema señorial hecha con chalchihuites galanos que lanzaban vivos destellos. También a los acompañantes se les obsequiaron collares. Cuando hubieron llegado, tomaron asiento, y enseguida les dieron a beber atole y pinole. Después les sirvieron, y comieron los señores. Cuando terminaron de comer, nuevamente les dieron regalos; luego habló [Cuauhtémoc] a los señores de Acallan, les dijo: “Tened salud con el favor de Dios; alegraos. No vayáis a otros pueblos, celebrad sólo aquí, para que no causéis pena a la cola y al ala, a la anciana, al anciano, al niño de cuna, al que gatea, al que ya anda; cuidad de ellos, compadecedlos. Que no vaya [la gente] a otros pueblos, tratadla bien, no la desamparéis; pues yo así os lo ordeno. En verdad, ya nos llevan a Castilla. Y no sé si volveré o allá moriré. Ya no podré venir a visitaros; gozad de plena salud, amad a vuestros hijos en paz y tranquilidad, no los aflijáis. Sólo una cosa más os diré: ‘Compadeceos de nosotros; porque ya voy a saludar al gran teul emperador que está en Castilla’. Le respondieron al tlatoani Cuauhtemoctzin: “Señor tlatoani, ¿acaso eres tú nuestro vasallo?; delante de ti nos humillamos. No te preocupes, aquí están tus bienes, tus tributos; ya van para allá ocho canastos con oro, pectorales y collares de jade; que vayan pues son tuyos, te los hemos estado guardando”. Les replicó el tlatoani: “Me habéis hecho merced, señores, y se ha satisfecho vuestro corazón”. Luego llevaron ocho canastos, y los cargadores los fueron a dejar al jacal [del señor]. Entonces los acaltecas sacaron un teponaztle y un tambor vertical para danzar y bailar. Junto al señor tlatoani Cuauhtemoctzin estaban Coanacochtzin y Tetlepanquetzatzin; estos dos eran también tlatoque, el primero de Tetzcoco y el segundo de Tlacopan; cuando anduvieron por aquellas partes no llevaban consigo servidores, y comían de lo de Cuauhtemoctzin, porque no tenían bastimentos [propios]. Los tres se pusieron a dan-zar; se danzó todo el día, y al declinar el sol aumentó el regocijo y el baile. Pero al tenochca Mexícatl nadie lo invitó, y se quedó a descansar en su jacal; desde allá miraba, alcanzaba a escuchar el son del teponaztle y el canto, de lejos veía cómo se agitaban las plumas de quetzal. Pasó cerca Malintzin, y le dijo a Mexícatl: ¿Qué haces, tío Mexícatl?”. [Este le respondió:] “Verás, hija mía; me extraña que Cuauhtemoctzin haya ido allá con sus armas. Mira también cómo aquí hemos de perecer [nosotros], junto con el teul Marqués y contigo misma, señora Malintzin”. Esta le replicó: “¿Es verdad lo que dices? ¿Es verdad que Cuauhtemoctzin está por hacernos la guerra?”. Y Mexícatl Cotzoolóltic le dijo: “Es verdad, pues de noche los oímos decir: ¿Adónde nos llevan estos extranjeros! ¿Será tan difícil que nos deshagamos de ellos? ¿Qué más da?’. Esto le oímos decir de noche. Por eso me aflijo, [al pensar] que aquí vais a morir el capitán Marqués y tú misma”. [Le respondió Malintzin:] “Está bien, Mexícatl, creo que dices verdad” Malintzin le fue a decir al teul Marqués lo que había oído Cotztemexi. Al caer la tarde se retiraron; nuevamente se les sirvió una colación, y detuvieron al tlatoani Cuauhtemoctzin mientras estaban comiendo. Cuando terminaron de comer se pusieron en marcha; allá iban los tres tlatoque, a quienes los soldados habían puesto las manos encima, y le habían echado una soga al cuello como si fueran perros. Luego colgaron de una ceiba a Cuauhtemoctzin, y también colgaron a Coanacochtzin de Tetzcoco y a Tetlepanquetzatzin de Tlacopan; los tres murieron [colgados] de una ceiba en Hueymollan. No se les formó juicio, nomás así los mataron, allá los mandaron ahorcar el Marqués y Malintzin; así fue a morir el tlatoani Cuauhtemoctzin. (Anales de Tlatelolco, II, Complemento de los “Gobernantes de Tlatelolco”, pp. 29 – 35).
Material adicional.
Si quieren ahondar más aparte de los libros, el Dr. Eduardo Matos Moctezuma coordinó junto con la Dra. Patricia Ledesma unas pláticas por parte del Colegio Nacional, a las cuales pude asistir, me tomé una fotografía con el doctor Matos y hasta salgo preguntando algo en una de las conferencias, en la número 4, Los últimos días de la defensa de Tenochtitlan, aparezco en los minutos 1:58:46 y 2:02:08.
Les dejo los links de esas fabulosas conferencias.
www.youtube.com/watch?v=hQMJdDNqA4w&list=PLCrvkR8UYzsLMsfcHo34QbK_Bkq-MLCWu&index=2
Fuentes consultadas:
Durán, D. (1867). Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I). Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
Sahagún, B. de. (2006). Historia general de las cosas de Nueva España (Colección Sepan Cuantos, núm. 300). Editorial Porrúa.
Chimalpáhin, Domingo. (2003). Las Ocho Relaciones y el Memorial de Colhuacan, Tomo I. Cien de México.
Badock, C., & Vargas, P. (2024). El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Fondo de Cultura Económica.
López de Gómara, F. (2013). La conquista de México. N2KT. https://books.apple.com/mx/book/la-conquista-de-m%C3%A9xico/id710399728.
Anales de Tlatelolco. (2004). Conaculta.
Cortés, Hernán. (2005). Cartas de Relación. Porrúa.
Díaz del Castillo, Bernal. Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España. Fernández Editores, 1961.

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