“Ahuízotl fue el octavo señor de Tenochtitlan por tiempo de diez y ocho años y en su tiempo se anegó la ciudad de México, porque él mandó que se abriesen cinco fuentes que están en los términos de los pueblos de Coyoacan y de Huitzilopochco, y las fuentes tenían estos nombres: Acuecuéxcatl, Tlílatl, Huitzílatl, Xochcáatl, y Cóatl, y esto aconteció cuatro años antes de su muerte del dicho Ahuízotl, y veintidós años de la venida de los españoles Y también en su tiempo acaeció muy grande eclipse de sol al medio día, casi por espacio de cinco horas hubo muy grande oscuridad, porque aparecieron las estrellas; y las gentes tuvieron muy grande miedo, y decían que habían de descender del cielo unos monstruos que se dicen tzitzimime, que habían de comer a los hombres y mujeres. El dicho Ahuízotl, conquistó estas provincias: Tziuhcóac, Molanco, Tlapan, Chiapan, Xaltépec, Yzoatlan, Xochtlan, Amaztlan, Mapachtépec, Xoconochco, Ayutlan, Mazatlan, Coyoacan.” (Sahagún, Libro Octavo, Capítulo I, p. 431).
Con Ahuízotl Tenochtitlan quería dejar atrás la falta del carácter bélica de su antecesor y hermano, Tízoc. Es bajo su señorío cuando Tenochtitlan alcanzaría su máxima expansión.

Ahuízotl es elegido Tlatoani.
“Entonces, en el año 7 Tochtli, 1486, murió Tizócic, y enseguida se enseñoreó Ahuitzotzin.” (Chimalpáhin, p. 405).
Nuevamente querían nombrar como tlatoani a Tlacaélel.
“Señor, nuestra voluntad era que vos rigieseis y gobernaras el imperio mexicano, porque Ahuitzotl es niño muy pequeño, y no sabrá por el presente regir ni gobernar tan grande imperio, y esto os suplicamos los cuatro barrios Moyotlan, Teopan, Atzacualco y Cuepopan, porque todos ellos están con alguna soledad y tristeza. Replicó Cihuacóatl: ¿no me acaban ustedes de entender? ¿No entienden que caso que hayan reinado mi hermano y sobrinos, que yo los rijo y gobierno? ¿No estoy yo en el trono? ¿Yo no lo mando, ordeno, visto, calzo, y traigo conmigo mi divisa, armas, y me pongo preciadas vezoleras, orejeras, los géneros de comidas, rosas, flores y perfumaderos, juzgo y sentencio en esta cabeza de audiencia? Entonces mandó dos embajadores a los dos reyes Netzahualcóyotl y Totoquihuaztli, à los cuales vayan Cuauhnochtli y Tlilancalqui, y hagan venir a estos dos reyes, para que le den al rey Ahuitzotl su reinado y le nombren y alcen por tal rey de los mexicanos y de todo este grande imperio.” (Tezozómoc, pp. 707, 708).
“Eligieron luego los electores del imperio a Ahuízotl, mancebo de grandes prendas y esperanzas, príncipe de los cuatro. Fue su elección muy a gusto de todos. Le llevaron con gran regocijo al brasero divino y a su trono, donde hizo las ceremonias acostumbradas y los retóricos sus oraciones. Fue este animoso y muy afable, por cuya causa fue muy amado por todos.” (Códice Ramírez, p. 156).
“En el año 7 Tochtli, 1486, se asentó Ahuitzotzin, el cual terminó la edificación del Teocalli.” (Anales de Tlatelolco, p. 97).
Ahuízotl, el tlatoani guerrero.
Al igual que Axayácatl, Ahuízotl era un guerrero nato, yendo a las peleas no solo como comandante sino como un soldado más.
“Fue él en persona a la venganza de esto (insubordinación de Cuetlaxtlan)… Puesto todo su ejército de la otra parte, comenzó a combatir valerosísimamente aquella tierra con tato ánimo, que de sólo verle los suyos pelear tan valerosamente, cobraban ánimos invencibles.” (Códice Ramírez, pp. 155, 156).
Fagina significa un conjunto de ramas mezcladas con tierra para hacer trincheras. En el argot del ejército mexicano actual, le dicen fagina a cuando les toca ir a cortar hierba al campo o en los jardines del campo militar. Hoy, el soldado que hace fagina en un cuartel quizá no sepa que ese mismo término, hace 500 años, fue la clave para que Ahuízotl conquistara lo que parecía imposible. La historia, como la fagina, está hecha de elementos simples que, bien amontonados, nos permiten cruzar cualquier abismo, de un Ahuízotl que buscaba por dónde si ganar.
Recordemos que los de Chiapan se revelaron en contra de los mexicas y que Tízoc no hizo nada al respecto. Ahuízotl no esperó ni un año para ir por esos Altepémeh. Recordemos que Altépetl era una Ciudad-Estado y en plural se dice Altepémeh.
Sin embargo, primero fueron por los de Chilocan:
“Entonces los mexicas, en el año 8 Ácatl, 1487, vencieron a los tziuhcohuacas, a los tzapotecas, a los tlapanecas y a los chiapanecas; con ellos se dedicó el teocalli, la casa de Huitzilopochtli.” (Chimalpáhin, p. 407).
El día de la batalla, llegaron los mexicas y sus aliados, gritando “poco a poco, a fuego y sangre hemos de acabar con los enemigos. Con esto dieron una grita tan temerosa, y unos aliados, que los subían a los cielos, y arremetieron a los enemigos tan valerosamente, que luego empezaron a morir muchos contrarios.” (Tezozómoc, p´. 715).
Tras lo cual, les pidieron piedad, pero los mexicanos respondieron “no es menester, traidores, que todas han de morir y perecer, que uno ni ninguno ha de quedar de vida. Con esto tornaron a ellos tan reciamente, que de aquella vegada murieron muchos de ellos.” (Tezozómoc, p´. 715).
Con estas líneas que escribe Tezozómoc podemos desmentir un mito que se ha repetido sin cesar, que los mexicas no mataban, que las guerras solo eran de captura. Esa es un interpretación sin fundamentos. Claro que había muertes en las guerras, pero también, como en las guerras modernas, había prisioneros de guerra y ellos eran lo que iban al sacrificio.
Las batallas en las que los mexicas sí se enfocaban en capturar y no matar, eran en las guerras floridas.
En ambas guerras, eran premiados los guerreros por capturar y llevar vivo a su cautivo para el sacrificio, pero esto no significaba que los mexicas no mataban nunca y que por esto perdieron en contra de los españoles y sus aliados. De haber sido así, la Noche Triste o Jubilosa, no habría tenido como consecuencia esa gran cantidad de muertes tanto de tlaxcaltecas como de castellanos.
Finalmente, los mexicas detuvieron la masacre en contra los de Chilocan y les impusieron el tributo que deberían entregar a partir de ese momento, que consistía básicamente en maíz, frijol, coas, ciervos vivos, liebres, conejos y pellejos de lobos. (Tezozómoc, p. 716).
Ese tipo de atrevimientos como el hacer balsas improvisadas para cruzar ríos, no siempre salía del todo bien. Los Anales de Tlatelolco nos mencionan una batalla contra Tehuantepec: “allí murieron 25,600 mexicanos, arrastrados por el río”. (Anales de Tlatelolco, p. 97).
Después de ahí, siguieron sobre Xilotepec y Chiapan.
“Sabido por los que peleaban desampararon el campo y empezaron a huir la gente de las provincias los siguieron prendiendo muchos de ellos y matando los que se defendían por no ser presos.” (Durán, 331).
Sojuzgados los de Chiapan, continuaron hacia Xilotepec y después de una batalla que duró todo el día, los xilotepecas y otomíes pidieron piedad: “cesen ya tantas muertes.” (Tezozómoc, p. 724).
De estos párrafos que Alvarado Tezozómoc y de Durán nos describe, podemos obtener información muy valiosa que desmiente esos mitos que se han repetido por siglos, de que los mexicas solo capturaban sin matar y que solo peleaban de día, como si por arte de magia perdieran su poder de noche. Por supuesto que no, posiblemente los sacerdotes tuvieran sus creencias, pero en la guerra todo se vale y si, como en este caso o en el de la Noche Triste, la noche era una aliada para ganar una batalla, no la iban a dejar pasar con su mentalidad de guerreros y así lo hicieron, ambas batallas fueron ganadas de noche.
Y es que había distintos tipos de batallas, en particular tres: Tlachinolli Atemnpan, que eran guerras de conquista, distinta de las famosas guerras floridas, Xochiyáoyotl, cuyo propósito era la captura de prisioneros y de las guerras de exterminio, Pehua.
No debemos confundir Chiapan con el Estado que hoy conocemos como Chiapas. Este Chiapan era de gente otomíe y mazahua, ubicado entre lo que hoy es Estado de México y Michoacán, denominado hoy como Chapa de Mota.
Así mismo, Durán nos deja ver que no todo era obediencia absoluta al Tlatoani al momento del saqueo, ya que Ahuízotl, tras vencer a los de Xilotepec, quiso detener el robo y saqueo, pero los soldados no lo obedecieron, antes le dijeron que a eso habían venido, no solo a morir en guerra:
“Los otomíes, rogando con lágrimas al rey Auitzotl mandase cesar el robo y saco, mandó a los capitanes y caballeros manda que detuviesen a los soldados. Ellos respondieron que aquellos eran sus percances y pagas y que a aquello venían y no a solo morir, y por aquello ponían sus personas a riesgo; que los dejasen gozar de sus percances de la guerra. Oído por el rey mando a los grandes acudiesen a defender los otomíes, los cuales, entrando por las calles del pueblo, unos por una parte y otros por otra, a palos los echaban de las casas, cargados de maíz, frijol, chía, gallinas, ropa, joyas, plumas, el que más podía llevar.” (Durán, p. 332).
Los de Xilotepec y Chiauhtla fueron sacrificados en la Piedra del Sol:
“y sacaron a los presos que de aquellas siete ciudades de la provincia de Xilotepec y Chiauhtla habían traído, y estando todos presentes, la multitud de señores y grandes, juntamente los enemigos de México (en una ramada por sí sin ser vistos entre unas celosías de rosas que les tenían hechas), sobre la piedra del sol los sacrificaron a todos.” (Durán, p. 338).
Posteriormente, llegó la batalla en contra de los Huastecos y “toda aquella provincia de Cicoac, Tuxapan y Tamapachco, las cuales estaban rebeladas sin acudir como solían a obediencia y reconocimiento de la corona Real de México.” (Durán, p. 339).
También los culparon a haber apoyado a los de Meztitlan, aquellos a quienes no pudo conquistar Tízoc.
En esa batalla pelearon en contra de los Cuextecas, de Cuextlan, Tuzapan, Tziuhcoac y Tamapachco, nos narra Tezozómoc que Ahuízotl fue a la batalla, que de noche entraron a una de las ciudades y capturaron a unos guardias y otra gente, en donde podemos ver que vuelve a retomar que si peleaban de noche los mexicas:
“Llegados al romper el alba dijeron a Tlacochcálcatl que le dieran aviso a Ahuízotl de la buena ventura de los mexicanos, y la presa grande que traían. A los presos les mandaron hacer unos argollones de palo como cepo en las manos que llaman cuauhcóscatl.” (Tezozómoc, p. 744).
El cuauhcóscatl, de cuáhuitl, árbol, madera y cózcatl, gargantilla. Era una pieza de madera, compuesta por dos partes que se acomodaban sobre la garganta del cautivo o esclavo. En la parte de la nuca, llevaba unidos unos maderos largos en posición horizontal, para que no huyeran.
La batalla continuó, con prisioneros de guerra y con muertos “los otros se dieron tanta prisa que comenzaron a morir y a prender Cuextecas, muchos de ellos.” (Tezozómoc, p. 745).
En esta batalla, como en muchas otras, emplearon la estrategia de arremeter con unos cuantos, fingir que perdían y emprendían la huida, pero se iban por un camino por el que estaban camuflados sus compañeros en la maleza, de tal manera que cuando dieran la vuelta de su huida, los toparían de frente y los que estaban en la maleza, por los costados y la retaguardia “llegaron al engaño, les salieron por detrás, comenzando a destrozar a ellos y a prender a los capitanes de los Cuextecas. Y luego subieron encima del templo de los Cuextecas y lo quemaron. Viendo que morían muchos viejos, mujeres y niños, pidieron que cesaran y ofrecieron ser tributarios.” (Tezozómoc, p. 746).
Recordemos que cuando se quemaba un templo, era un símbolo de victoria. Podemos leer que los mexicas no solo mataban a soldados enemigos, también mataban ancianos, mujeres y niños. Esto nos deja claro que las guerras no eran solo para capturar prisioneros, sino que eran masacres. También esto nos muestra por qué fueron el altépetl que dominaba, lo hacía bajo el terror y a su vez, comprendemos porqué tantos se aliaron con Hernán Cortés y la saña a modo de venganza con la que mataron a mujeres y niños una vez que tomaron Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, en donde Hernán Cortés indica que eran 150,000 aliados masacrando mexicas y que ellos, los españoles, nada podían hacer para impedirlo pues solo eran 900 españoles:
“Y andaban con nosotros nuestros amigos y espada y rodela, y era tanta la mortandad que en ellos se hizo por la mar y por la tierra, que aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas; y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón, y ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios; la cual crueldad nunca en generación tan recia se vio, ni tan fuera de toda orden de naturaleza como en los naturales de estas partes. Nuestros amigos hubo ese día gran despojo, el cual en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres”. (Tercera Carta de Relación, Hernán Cortés, p. 202).
Le tocaría el turno a Teloloapan, Alahuiztlan y a Oztoman, quienes se rebelaron y ya no dejaban pasar a sus tierras a los tenochcas, motivo suficiente para que los mexicas les declararan la guerra. La batalla inició como iniciaron muchas, con espías yendo a media noche a inspeccionar al ejército y altépetl de Teloloapan: “Fueran al amanecer en la caserías de Teloloapan, y que estuvieran a punto. Así que era ya después de medianoche, tocaron la bocina del caracol p concha tecziztli y llamaron luego al arma.” (Tezozómoc, p. 798). Volvemos a confirmar que los mexicas sí peleaban de noche.
Al iniciar la batalla, se dieron los gritos de guerra que acostumbran a dar todos los guerreros en el mundo, un grito que libera tensión, que motiva, acelera la adrenalina y los ponen listos para la batalla. Los espartanos gritaban arooooo, los chalcas Chalco, Chalco y los tenochcas México, México. (Tezozómoc, p. 800).
Hernán Cortés también hace alusión a los gritos de México por parte de los mexicas: “Y los capitanes de ellos, que venían delante, traían sus espadas de las nuestras en las manos y apellidando sus provincias, decían <<México, México; Temixtitan, Temixtitan>>” (Hernán Cortés, Tercera Carta de Relación, p. 159).
Fue una de las peores masacres cometidas por los mexicas, en donde volvemos a confirmar que sus guerras no eran solo de captura como se ha mal interpretado por siglos, sino que también había muchos muertos, en particular en contra de estos dos Altepémeh, que fueron desolados por completo.
“Dieron pregón general que a fuego y sangre se acabase. Cosa que no quedase ninguno con vida, ni mujeres, ni criaturas, y que dejasen vivos a la mitad de los varones para llevarlos a México, y todos los demás muriesen, y por consiguiente también a los de Alahuiztlan.” (Tezozómoc, p. 802).
Solo con esta saña con la que los mexicas mataban a los pobladores de los Altepémeh es como podemos comprender el odio que les tenían a la llegada de los castellanos.
Sin embargo, a pesar de esta masacre, los valientes de Oztoman no querían ser tributarios de los mexicas, deseaban conservar su soberanía o morir en el intento. Ahuízotl los conminó a la paz, pero ellos se negaron y en eso, un soldado se va en contra de Ahuízotl: “El rey Ahuízotl quedó en medio con todos los valerosos principales, cuando vio venir para él un valeroso Chichimeca, y vasa el uno para el otro. El rey, con una furiosa rabia de ver que le venía a acometer, húrtale el cuerpo y el golpe y revuelve sobre él con tanta rabia, que de una grande cuchillada le abrió la cabeza en dos partes, que los principales se espantaron de ver hacer y dar tal golpe; con esto cobró tanto ánimo y esfuerzo, con ser que iba entremedio de los suyos, que de uno o dos golpes los dejaba atrás muertos. Fue tanta la matanza, que por delgados caños de la tierra corrían arroyuelos de sangre, que no quedó con vida uno ni ninguno, revueltos los cuerpos de los viejos, viejas, mozos, muchachos, mozas, niños y niñas, que quedó desolado el pueblo.” (Tezozómoc, p. 804).
No debe sorprendernos ver al Huey Tlatoani pelando codo a codo con su soldados, puesto que, para llegar a obtener el título, de joven tuvo que haber destacado en el Calmécac como estudiante, resaltando en temas religiosos y bélicos, pues desde muy jóvenes eran enviados a las batallas. Primero solo como cargadores de armas y comida y ayudaban a amarrar a los presos, ya después, aun antes de los 20 años, pelear como auténticos guerreros.
Tezozómoc nos da la cifra de los caídos en esta batalla “Contados los cuerpos muertos y los cautivos, se hallaron cuarenta y dos mil, recontaron bien a los presos, se hallaron otros dos mil más, que fueron cuarenta y cuatro mil por todos, con doscientas doncellas más”. (Tezozómoc, p. 805).
Hace momento leímos de Chiapan que es Chapa de Corzo pero ahora si le toca el turno a Chiapas. Todo inició cuando unos comerciantes, pochtecas, fueron a hacer negocios en esas zonas y los de Xochtlan, Amaxtlan, Izhuatlan, Miahuatla, Tecuantepec, Xolotlan, los mataron y arrojaron al río. Solo uno sobrevivió porque se hizo pasar como uno de ellos y este sobreviviente fue quien le dio parte de la tragedia a Tlacaélel. De inmediato, se levantó todo el ejército para irlos a destruir, “de manera que quedó la ciudad de México que parecía despoblada, que uno ni ninguno parecía, sino solo las mujeres.” (Tezozómoc, p. 822).
La orden, debido a la lejanía, ya que estas tierras están en lo que es hoy Oaxaca y Chiapas, era que “ninguno traiga esclavo preso, sino que todos han de morir a fuego y sangre, sin que queden chicos ni grandes.” (Tezozómoc, p. 824).
En cuanto vieron a los mexicanos, comenzaron a dar alaridos de guerra “alaridos y voces que parecía que se hundían los cerros y collados, y dieron tan recio contra ellos que luego comenzaron a morir infinitos.” (Tezozómoc, p. 824).
Al ver la masacre, pidieron piedad y se dieron como tributarios. Los mexicas no llevaron prisioneros de guerra, sino que “a los cautivos que habían prendido, a todos los mataron”. (Tezozómoc, p. 825). Lo anterior se puede explicar por un tema logístico, eran tierras muy lejanas y por eso no quisieron transportarlos. Dejaron vivos a mujeres, niñas, niños y ancianos.
Continuaron hacia la costa y Tezozómoc nos narra como Ahuízotl se armó para la batalla “Se armó el rey Ahuízotl, tomó la cota de Ichcahuipill y ciñó el cuerpo muy bien de unas mantas ricas y pañete delgados: tomó luego su rodela y en la mano un espadarte de recias navajas agudas; luego tomó su divisa y se ciñó, llevando por la misma divisa un atamborcillo dorado.” (Tezozómoc, p. 826).
Fiesta de encumbramiento de Ahuízotl.
Para el festejo del nombramiento como Tlatoani, se invitó a muchos Altepémeh, hubo quienes aceptaron y hubo quienes los rechazaron.
Entre los que aceptaron la invitación estaban Huexotzinco con su señor Xaycamalchan, Cholula con su señor Colomochcatl. (Tezozómoc, pp. 732, 733).
Todos llegaban con regalos y los mexicas por si parte, adornaban Tenochtitlan con objetos como “rodelas, mantas, pañetes, vezoleras de oro, flores, rosas, trenzaderas, plumas, brazaletes de pies de cuero.” (Tezozómoc, pp 735 – 739).
Una de esas rodelas o escudo, Chimalli, sobrevivió hasta nuestros días y está exhibida en el Museo Etnológico de Viena, con el glifo de Ahuízotl.

Unos braceros fueron encontrados en la Ciudad de México en la calle de Argentina, junto con otras piezas.

Quienes declinaron la invitación fueron Meztitlan, Tliluhquitepec, Tlaxcala y Michoacán.
Aquí podemos ver que no todos los Altepémeh estaban sojuzgados ante los mexicas, y no solo era Tlaxcala y Michoacán, había más a quienes no pudieron vencer.
Quien los trató con burla fueron los tarascos, que se sentían muy superiores después de haber derrotado a los mexicas cuando éstos quisieron conquistarlos:
“¿Quién se pone ahora por su rey? Dijimos que Ahuízotl Teuctli, y respondió: ¿pues el otro rey Axayaca como tomó atrevimiento de osar poner los pies en estos mis reinos? Aquí dejó muerto a todo su imperio, que, si no huyeran, ninguno hubiera quedado vivo, y con esto regresen y digan que no quiero ir allá.” (Tezozómoc, p. 736).
Durán también escribe sobre este pasaje, pero lo hace con más burla aun por parte de los tarascos:
“El señor de Michuacan, cuando oyó la embajada y demanda que traían, se rio y dijo: ¿qué se les antoja a ustedes señores? ¿Es el antojo que les tomó de venirnos a dar guerra para volver con las manos en la cabeza, como volvieron con pérdida de innumerable gente? Ustedes deben de ser locos y ya quieren guerra, ya quieren paz. ¿Con qué seguridad comeré yo y beberé entre ustedes habiéndolos tratado como les tratamos? Los mensajeros le respondieron: poderoso señor, hay tiempos donde se ha de tratar de enemistades y tiempo donde se debe tratar de la obligación natural que nos tenemos; y así, dice el rey dejar ahora la guerra y enemistad aparte, que eso su tiempo y lugar se tiene , que no por eso se pierde su coyuntura; que te suplica que, como a deudo y pariente, te convida a ti y a tus principales que le vayas a honrar en su coronación, y que porque no piensen los valerosos mexicanos que es maña y concierto entre los dos, que entres de noche en su palacio, que él te recibirá en el con la honra que tú mereces. El señor de Michuacan le respondió, que se coronase en hora buena, que él no quería ir ni que nadie de su corte fuese, y con esta respuesta se volvieron los mensajeros a dar la respuesta a su señor Auitzotl.” (Durán, p. 336).
La inauguración del Templo Mayor de Tenochtitlan.
A continuación, leeremos de fuentes primarias la tan polémica inauguración del Templo Mayor, en la que algunos cronistas nos indican que los sacrificados fueron alrededor de 80,000. Muchos historiadores y divulgadores de la historia tratan, desde una lógica humana, matemática, ética y lógica, asegurar que no pudieron ser tantos, pero hay más de un escrito que coincide con el número y también se dice que todos esos sacrificados fueron puestos en un tzompantli, mismo que durante siglos se negó a pesar de que los cronistas españoles escribieron sobre él e incluso contaron las cabezas. Dicho tzompantli fue encontrado por arqueólogos en la CDMX en 2015, en la calle Guatemala, lo cual confirma su existencia.
Uno de los debates que se dan es que cómo fue posible que contaran todas. Pues es una simple operación matemática, se cuenta el número de cabezas de una sola columna de manera vertical, después se cuenta otra columna con el número de cabeza, pero de manera horizontal y el resultado de ambas sumas se multiplica y daría el resultado que le dio a los españoles.
“Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas hincadas desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal e piedra, e por las gradas de él muchas cabezas de muertos pegadas con cal, e los dientes hacia fuera. Estaba de un cabo e de otro de estas vigas dos torres hechas de cal e de cabezas de muertos, sin otra alguna piedra, e los dientes hacia fuera, en lo que se podía parecer, e las vigas apartadas una de otra poco menos que una vara de medir, e desde lo alto de ellas hasta abajo puestos palos cuan espesos cabían, e en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho palo; e quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, e multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres.” (Tapia, p. 201). Eran torres de cráneos, unidas con argamasa de cal con arcilla.
“Cuando el capitán D. Fernando Cortés vino a la conquista de esta Nueva España, afirman dos soldados de aquel tiempo haber contado setenta y dos mil calaveras de indios sacrificados, de que se quedó admirado y espantado el capitán D. Fernando Cortés.” (Tezozómoc, p. 791).


Los prisioneros destinados al sacrificio salieron de todas las batalla anteriores, así como de Tlaxcala, Cholula, Atlixco, Huexotzinco y que se encontraban resguardados en distintos Altepémeh. Durán indica que Ahuízotl los mandó a pedir a Tepeaca, Cuauhtichan, Tecalli, Acatzinco, Oztoticpac, Tecamachalco, Quecholac, Cuauhquechula, Acapetlauacan, Atzitziacan, Yaoteuacan, Veiapan, Tetelan, Tlamilulpan sin dejar de aportar prisioneros sus aliados, Tlacopan y Texcoco. (Durán, pp. 345 – 348).
Los invitados que finalmente si acudieron fueron de Tlaxcala, Michoacán, Meztitlan y Yopitzinco. Fue una fiesta de grandes dimensiones, las personas que llegaron a ver la inauguración de contaba como hormigas “que no cabía en las calles ni en las plazas ni en los mercados ni en las casas, que parecían más que hormigas en hormiguero, todo enderezado a la majestad y aplauso de la fiesta y grandeza de México.” (Durán, p. 356).
La cantidad de sacrificados, de acuerdo con Durán, fueron “ochenta mil cuatrocientos, hombres que estrenaron en el estreno del templo de México.” (Durán, p. 353).
Nos indica que los prisioneros de guerra iban en fila en cuatro calzadas: “Dice la historia que duró este sacrificio cuatro días arreo, desde la mañana hasta puesta del sol , y que murieron en él , como dejo dicho , ochenta mil y cuatrocientos hombres de diversas provincias y ciudades , lo cual se me hizo tan increíble , que si la historia no me forzara y el haberlo hallado en otros muchos lugares, fuera de esta historia escrito y pintado, no lo osara poner, por no ser tenido por hombre que escribía fábulas; dado que el que traduce alguna historia no esté más obligado de volver en romance lo que haya en extraña lengua escrito, como yo en esta hago; y eran tantos los arroyos de sangre humana que corrían por las gradas abajo del templo.” (Durán, pp. 357. 358).
Pero no es la única fuente que maneja esas cifras también lo hace Ixtlilxóchitl y es más específico al narrarnos cuántos ascendían por altépetl:
“Al tercer año del reinado de Ahuitzotzin, que fue en el de 1487 que llamaron chicuei ácatl, se acabó el templo mayor de Huitzilopochtli, ídolo principal de la nación mexicana, que fue el mayor y más suntuoso que hubo en la ciudad de México. Y para su estreno convidó a los reyes, de Tezcuco, Nezahualpiltzintli, y Chimalpopocatzin de Tlacopan, y a todos los demás grandes y señores del imperio, todos los cuales, en especial los dos reyes, fueron con gran aparato y suma de cautivos para sacrificarlos ante este falso dios. Que, en sólo el estreno de su templo, dejando aparte varias opiniones de autores, se juntaron con los que el rey de México tenía de solas cuatro naciones que fueron cautivas en las guerras atrás referidas 80 400 hombres en este modo: de la nación zapoteca a dieciséis mil; de los tlapanecas veinticuatro mil; de los huexotzincas y atlixcas otros dieciséis mil; de los tzicuhcoacas veinticuatro mil; y cuatrocientos que vienen a montar el número referido. Todos los cuales en este estreno y fiestas fueron sacrificados ante este estatuario del demonio – y las cabezas fueron encajadas por unos huecos.” (Ixtlilxóchitl, p. 304).
Por su parte, Tezozómoc no narra de la siguiente manera:
“Duraron las muertes y cruel carnicería cuatro días naturales, que ya hedía la sangre y los corazones de los muertos: los cuerpos y tripas los llevaban luego a echar en medio de la laguna mexicana detrás del peñón, que llamaban Tepetzinco, y los echaban en un ojo de agua que corre por debajo de las venas y entrañas de la tierra que llamaban Pantitlan.” (Tezozómoc, p. 790).
La inundación de Tenochtitlan.
Con el crecimiento poblacional, el acueducto de Chapultepec resultaba insuficiente, por lo que puso sus ojos en un río que estaba en Coyoacán, por lo que mando mensajeros a hablar con el señor de dicho Altépetl, de nombre Tzotzomaztin. Sin embargo, Tzotzomatzin se negó, no por desobedecer a Ahuízotl, eso hubiera sido una insensatez, sino porque él conocía el caudal tan potente que tenía el agua que quería encausar Ahuízotl y por lo tanto, le recomendó que no lo hiciera, ya de lo contrario, Tenochtitlan se inundaría.
La reacción de Ahuízotl fue violenta, en parte porque fue mal aconsejado por el señor de Huitzilopochco, llamado Huitzilatzin. El caso fue que entró en cólera, no entendió razones y mandó a matar a Tzotzomatzin.
“Entonces, en el año 9 Calli, 1501, nos inundamos por causa del acueducto y se rebeló Tzotzomatzin, tlatohuani de Coyohuacan. Antes de traer el Acuecuéxatl (acueducto) a Tenochtitlan, Ahuitzotzin lo mando llamar para preguntarle: “¿Podrá venir a Mexico?”, aquél contestó: “No puede venir, señor tlatohuani, porque habrá inundaciones”. Después de escucharlo el tlatohuani Ahuitzotzin, enseguida llamó también al tlatohuani de Huitzilopochco, que se llamaba Huitzilatzin, para preguntarle: “¿Es verdad que no puede venir el Acuecuéxatl?”. Le respondió a Ahuitzotzin: “¿Quién lo dice, señor tlatohuani?, ¿no lo dirá sólo para burlarse de ti?; tal vez no quiere darte el agua; por supuesto, podrá venir a Tenochtitlan”. Entonces dijo Ahuitzotzin: “Está bien, ir a colgar a ese infeliz de Tzotzoma a la orilla del Acuecuéxatl”. Y enseguida fueron a colgar a Tzotzomatzin de un ahuehuete. Luego trajeron a Mexico el Acuecuéxatl. Cuando ocurrió la inundación y el agua causó estragos, Ahuitzotzin se encolerizó, y ordenó que fueran a colgar a Huitzilatzin del mismo ahuehuete; ahí donde había muerto Tzotzomatzin, ahí también murió Huitzilatzin.” (Chimalpáhin, p. 409).
Aquí acabamos de leer sobre un Altépetl llamada Huitzilopochco, se preguntarán, ¿qué fue de ese Altépetl? ¿Por qué no hay hoy un lugar con ese nombre? Resulta que, si lo hay, pero ligeramente tergiversado por los españoles, quienes entendieron Churubusco, en lugar de Huitzilopochco, el lugar en donde se adora a Huitzilopochtli.
Tezozómoc nos lo narra de la siguiente manera:
“De allí a pocos días le vino un pensamiento a Ahuízotl de hacer traer el agua que llaman Acuecuexatl de Cuyuacan, y así envío a pedir a los principales y señores de Cuyuacan Tzotzoma” quien respondió “que bien le bastaba la que bebe de Chapultepec, sin alborotar estos ojos tan grandes de agua, en especial la que demanda el Acuecuexatl, que no vale nada, y es muy peligrosa, porque muchas veces la han visto hervir con tanta furia y braveza, que da espanto a los que la ven y oyen, y es la mayor lástima del mundo ver a tanto número de mexicanos que hay en la gran ciudad, mujeres, viejos y niños, y a dónde han de ir descarriados.” (Tezozómoc, pp. 850 – 851).
Tzotzoma hablaba desde la sabiduría, pero Ahuízotl, debido a su juventud y tanto poder, se ensoberbeció y lo mandó a matar. Las palabras de Tzotzoma fueron proféticas puesto que el agua comenzó a crecer poco a poco, los pescadores se quejaban que sus balsas habían sido despedazadas por la fuerza del agua, la ciudad se inundó “el agua venía con más braveza y mucho más multiplicada, pues cada hora crecía más, y dentro de cuarenta días con sus noches, se llenó del agua la gran laguna que iba cubriendo ya el cerro que llaman Tepetztinco.” (Tezozómoc, p. 856). Para que nos demos una idea del desastre. Este cerro es el que hoy conocemos como Peñón de los Baños.

Se echaron a perder las cosechas y haciendo que muchos se fueran a vivir a otros lados. Incluso se dice que lo querían matar, ante lo cual, pidió disculpas, lo atribuyó a su juventud: “Se comenzaron a ir mucha cantidad de mexicanos con sus mujeres e hijos todos desparramados por los pueblos comarcanos…Estando en esta confusión el Ahuízotl, temió que lo matarían los mexicanos… Hizo llamar a todos los principales y después de haberles pedido perdón, conociendo su culpa, que como muchacho que era tuvo en poco traer el agua temerosa a México, les rogó le perdonases y que culpasen a su niñez y poco entendimiento.” (Tezozómoc, pp. 858, 861).
Le tuvo que pedir ayuda a Nezahualpili, quien lo regañó, pero solucionó el problema de la inundación: “Dijo Nezahualpilli: ahora señor, te quejas y temes, si se hubiera evitado este inconveniente, no se mirara anegado todo, pues de ello fuiste avisado por el desdichado Tzotzoma de Cuyuacan, que lo mataste por ello.” (Tezozómoc, p. 858).
Después de reprenderlo con estas palabras, Nezahualpilli manda llamar a buzos expertos, quienes logran tapar los ojos de agua. Ahuízotl los premió con mantas, riquezas y esclavos.
De acuerdo con Durán, la reprimenda de Nezahualpilli fue aún mayor:
“Poderoso rey: tarde te has acordado a pedir parecer, más temprano te lo daba el señor de Cuiuacan Tzutzumatzin, tarde te vino el temor y el sobre salto, que de la perdición tuya y de esta insigne ciudad de México ahora tienes, debiéndolo de haber prevenido y considerado antes, bien ves que la contienda no es contra tus enemigos que te tengan cercado , porque a estos con tu valeroso ánimo los desbaratarás у echarás de ti y de tu ciudad; pero contra un elemento tan bravo como es el agua y ¿Qué remedio ni resistencia se le puede hacer?: bien te lo aconsejó el gran príncipe de Cuiuacan Tzutzumatzin, y no solo no admitiste su parecer y consejo, el cual como fiel vasallo te daba, pero por ello le quitaste la vida. Y diciendo esto empezó a llorar, y a mostrar gran sentimiento y á decir: ¿qué hizo Tzutzumatzin? ¿En qué peco? ¿En qué ofendió? ¿Por qué tan sin piedad le quitaste la vida? ¿Por ventura fue traidor ni a tu corona Real? ¿Fue por ventura fornicario ni ladrón? Conoce, poderoso señor, haber ofendido y pecado contra los dioses, cuya semejanza representaba aquel gran señor, a cuyo cargo ellos habían dado el gobierno de aquella república, y a esta causa permite el Señor de lo criado que se destruya y despueble esta ciudad. ¿Qué parecerá delante de los ojos de nuestros enemigos, de que estamos cercados, cuando despoblado México seas forzado a huir tú y tus grandes, dándoles de ti y de ellos eterna venganza? ¿qué dirán, sino que tus antepasados edificaron con tanto sudor y trabajo, tú lo has destruido en cuarenta días?”. (Durán, pp. 392, 393).
Ixtlilxóchitl, descendiente de Nezahualcóyotl, también nos da su versión:
“Y así en este tiempo, queriendo traer a la ciudad de México por una atarjea de argamasa el agua de un ojo de Huitzilopochco, cerca del de Coyocan, llamado Acuecuexatl, que abriéndole para el efecto salió tan gran golpe de agua y tan viva que parecía querer subirse por las paredes de las casas de la ciudad y con tan gran violencia que en breve espacio de tiempo la anegó y ahogó mucha de la gente de ella. Y, por otra parte, la laguna se levantaba muy grandísimas oleadas de ella que causó grande terror y espanto a todos los que la veían, que parece que se levantaba hasta el cielo, que fue caso prodigiosísimo y admirable, por cuya causa todos los más que pudieron escapar con las vidas desampararon la ciudad”. (Ixtlilxóchitl, p. 322).
Es Ixtlilxóchitl quien nos narra que, en esta inundación, Ahuízotl se golpea en la cabeza y quedó mal herido, herida de la cual moriría, lo cual es médicamente posible a pesar de que la inundación se sitúa alrededor de 1499 y Ahuízotl muere hasta 1502.
“Y el rey, que estaba en unos cuartos bajos de unos jardines, por salirse huyendo de ellos -que ya el agua con grande ímpetu iba entrando por ellos- se dio una calabazada en el umbral de la puerta, que se descalabró y quedó mal herido, de tal manera que con este achaque vivió muy enfermo hasta que vino a morir de él. Y si no llegaran en esta ocasión su gente a socorrerle, allí se queda ahogado.” (Ixtlilxóchitl, pp. 322 – 323).
También Ixtlilxóchitl coincide en que Ahuízotl le pidió ayuda a Nezahualpilli, sin embargo, en esta versión no lo regaña, sino que lo ve como la oportunidad de resarcir su imagen ante los mexicas tras haber matado a Chalchihuenenetzin.
“Nezahualpiltzintli se holgó de que se ofreciera ocasión en que poder dar gusto a los mexicanos y a su señor de ellos, porque con esto se aseguraban sus asechanzas y mala voluntad que le tenían por la muerte que dio a su princesa de ellos. Y así convocó a todos los arquitectos de su reino, y con ellos se fue con mucha gente y muchas canoas cargadas de estacada, cespedería, cal y otros materiales a Huitzilopocho. Y llegado al ojo de agua, él mismo por su persona entró dentro de él, y con ciertos artificios que hizo atajó atajó el agua y la metió dentro de una fuerte caja y cerca de argamasa, de manera que con esto se cerró el ojo y el agua se fue secando.” (Ixtlilxóchitl, p. 323).
El Códice Ramírez nos lo relata de la siguiente manera:
“Y viendo que la gran laguna de México, donde estaba asentada su ciudad, tenía poca agua, quiso aumentarla y así determinó meter en ella un grandísimo manantial que está a una legua de la ciudad, en términos de Cuyoacan… Para esto mandó a llamar al principal de Cuyoacan quien le respondió: “Poderosísimo señor, cosa dificultosa es la que emprendes, y porque con este manantial que quieres traer, tuvieron grandísimo trabajo y riesgo de anegarse los antiguos, y así ahora le mandas deshacer el cerco y la vía ordinaria que tiene, no dudes, sino que con su abundancia ha de anegar toda tu ciudad.” (Códice Ramírez, p. 158).
Ahuízotl lo tomó como insubordinación y le mandó matar a garrotazos y la ciudad se anegó. Pero el Códice Ramírez le ve el lado positivo al final: “Procuró el rey con gran diligencia darle desaguadero con que se sosegó, fue causa esta gran ruina para reedificar la ciudad más fuerte y curiosamente. Y así quedó puesta en el agua tan hermosa como una Venecia.” (Códice Ramírez, p. 159). Esta es la Tenochtitlan que conocieron los españoles a su llegada.
Legado de Ahuízotl.
Como pudimos leer, la extensión de Tenochtitlan que conocieron los españoles, se debió en gran parte a Ahuízotl, pero también eran conquistas lejanas y relativamente recientes, lo que jugó a favor de Hernán Cortés para hacer alianzas en contra de los mexicas.
“En el año 4 Técpatl, 1496, hubo un eclipse de sol, y pudieron verse las estrellas.” (Chimalpáhin, p. 407).
Es en su señorío cuando se da el suceso de Chalchiuhnenetzin, de quien ya escribí previamente.
Una de las esposas de Ahuízotl fue Tiyacapatzin, hija de Moquihuitzin, si, el mismo Moquíhuix de Tlatelolco que se rebeló contra México y que Axavácatl mató. Pues su hija se casó con Ahuízotl y de esta unión, nació Cuahtemoc, el onceavo tlatoani. (Ixtlilxóchitl, p. 339, Capítulo 70).
En el año 8 Cañas, 1487 se determinó finalizar la etapa del Templo Mayor, la que corresponde a la Etapa VI prácticamente así fue como la conocieron los castellanos a su llegada:
“los cuales sin ninguna tardanza empezaron a labrar las piedras que faltaban y pusieron todas las figuras que en la pintura vimos, que fue la piedra sobre que habían de sacrificar, puntiaguda y junto á ella una figura de una diosa que llamaban Coyolxauh y a las esquinas dos figuras que tenían dos mangas como de cruz , todas de ricas plumas : pusieron otros bestiones que llamaban tzitzimites ; en fin, dieron fin a todo el edificio, sin quedar cosa por hacer, lo cual después de acabado y perfeccionado.” (Durán, pp. 344, 345). Lo interesante es que algunas de estas piezas han sido encontradas por los arqueólogos, como la Coyolxauhqui:

Muerte de Ahuízotl.
“Entonces, en el año 10 Tochtli, 1502, murió Ahuitzotzin, que gobernó 17 años.” (Chimalpáhin, p. 409).
“Habiendo puesto este rey esta ciudad con esta hermosura, y extendiendo sus reinos como queda referido, habiendo reinado quince años, falleció dejando en extremo desconsolada toda la tierra por haber perdido un rey tan esforzado y tan benigno, que su nombre en el vulgo era padre de huérfanos. Su figura y el modo con que trajeron el agua del manantial referido son las que se siguen. Rey Ahuízotl, ganó hasta las provincias de Guatimala. Reinó 15 años, fue valeroso y padre de huérfanos, trajo el agua a México desde Coyohuaca”. (Códice Ramírez, pp. 159, 160).
“En el año 10 Tochtli, 1502, murió Ahuitzotzin, quien gobernó durante diecisiete años.” (Anales de Tlatelolco, p. 99).
“Pasó tan adelante el mal procedido del golpe y descalabradura del rey Ahuitzotzin que, aunque fue curado con toda diligencia y cuidado y le sacaron algunos pedazos de los cascos de la cabeza, no fue bastante para librarle, porque le vino agravar el mal en tanto grado que le quitó la vida.” (Ixtlilxóchitl, p. 338, capitulo 70).
Fuentes consultadas:
Durán, D. (1867). Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I). Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
Sahagún, B. de. (2006). Historia general de las cosas de Nueva España (Colección Sepan Cuantos, núm. 300). Editorial Porrúa.
Alvarado Tezozómoc, H., Orozco y Berra, M., & Vigil, J. M. (2017). Crónica Mexicana precedida del Códice Ramírez. [Versión digital]. Secretaría de Cultura. https://books.apple.com/mx/book/cronica-mexicana/id1202863320
Chimalpáhin, Domingo. (2003). Las Ocho Relaciones y el Memorial de Colhuacan, Tomo I. Cien de México.
Badock, C., & Vargas, P. (2024). El Códice Ramírez. Hallado, casi perdido, publicado. Fondo de Cultura Económica.
Láminas: Durán, D. (2002). Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I). Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones.
Alva Ixtlilxóchitl, F. de. (2024). Historia de la nación chichimeca. Fondo de Cultura Económica.
Tapia, A. de. (1995). Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy ilustre señor don Hernando Cortés. En E. de la Torre Villar (Ed.), Lecturas Históricas Mexicanas (Tomo 1, pp. 195-217). Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM. https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/lecturas/T1/LHMT1_016.pdf
INAH TV. (10 de julio de 2017). El Huey Tzompantli del Recinto Sagrado de Tenochtitlan [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=Tb8Zz3LGXJg
El Colegio Nacional. (20 de febrero de 2017). El Tzompantli de Tenochtitlan – Eduardo Matos Moctezuma [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=4ONg6-HB0O4.
Anales de Tlatelolco. (2004). Conaculta.
Cortés, Hernán. (2005). Cartas de Relación. Porrúa.

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