Uno no sabe qué tan fuerte es hasta que ser fuerte se vuelve la única opción.
A mí me tocó aprenderlo a golpes en el año 2019. La ruina económica, el corazón roto, la autoestima hecha polvo y la mirada de mi hijo reflejando lo que no quería ser: un hombre vencido. No hubo discursos que sirvieran. Solo el cuerpo, el aire y la voluntad.
Desde ese momento, reconstruí mi vida pero necesitaba un reto que fuera más allá de mis capacidades y decidí correr un Spartan Ultrabeast en el año 2021, para el cual, entrené por casi dos años. No para ganar, sino para demostrarme que todavía podía resistir. Cuando crucé la meta, con los músculos en llamas y el alma entumecida, entendí que la fuerza no estaba en el resultado, sino en no haberme rendido. Ese año, casi dos años después de mi caída, se volvió mi cimiento. Cada vez que flaqueo, lo invoco. No como nostalgia, sino como advertencia: de ahí vengo, y no pienso volver.

El espejo de Antonieta
Pensando en ese proceso de reconstrucción, inevitablemente me viene a la mente Antonieta Rivas Mercado, una de las figuras más brillantes y trágicas del México posrevolucionario.
Intelectual, actriz, promotora cultural, feminista temprana y mecenas de los estridentistas, Antonieta vivió con la intensidad de quien arde por dentro. Su historia personal fue una lucha entre la pasión por el arte y el desencanto ante una sociedad que no tenía lugar para mujeres como ella.

Arturo Pani, arquitecto y amigo cercano, trató de detenerla en París cuando le dijo: “No lo hagas, este momento pasará.” Pero no bastó. Antonieta se quitó la vida en 1931, dentro de la catedral de Notre Dame, dejando una carta que parecía más un suspiro que una despedida (Meyer, 2004).
Su tragedia muestra el otro lado del espejo: cuando la caída no se convierte en impulso, sino en final.
No por falta de valor, sino porque a veces el entorno no ofrece dónde asirse. En mi caso, el dolor se volvió un martillo; en el de ella, una losa.
Caer y levantarse: ecos en la historia
El abismo no es exclusivo de nuestra época. La historia está llena de quienes, enfrentados al vacío, respondieron de maneras opuestas.
Friedrich Nietzsche, desbordado por su propia lucidez, terminó consumido por la demencia en 1889, tras años de escribir sobre el eterno retorno y la voluntad de poder (Safranski, 2000).
Frida Kahlo, en cambio, convirtió su dolor físico y emocional en arte: transformó su cuerpo roto en lienzo y su sufrimiento en color (Herrera, 1983).
Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, testificó con una claridad que estremecía, pero años después sucumbió al peso del recuerdo (Levi, 1958/1987).
En cada caso, la caída reveló algo esencial: el límite entre resistencia y rendición.
Lo mismo que Carlota, al ver derrumbado su imperio, perdió la razón.
El cuerpo como territorio de redención
Cuando corrí aquel Ultrabeast, entendí algo que después confirmé leyendo historia: el cuerpo puede ser un acto de memoria. Cada obstáculo, cada kilómetro, era una réplica física de mis ruinas interiores.
Ahí, entre la respiración entrecortada y el lodo, me di cuenta de que uno puede reconstruirse desde la acción, no desde la evasión.
Frida lo hizo con pinceles; Primo Levi, con palabras.
Cada cual, con su herramienta, pero con el mismo propósito: demostrar que el dolor, si no se enfrenta, se pudre; pero si se trabaja, se transforma.
Conclusión
Caer es inevitable. Levantarse, una elección.
No todos lo logran, y no siempre se logra de la misma forma. Pero en esa diferencia —entre Antonieta y Frida, entre Nietzsche y Levi, entre mi propio derrumbe y mi renacimiento— se juega algo profundamente humano: la capacidad de forjar sentido donde solo había vacío.
Referencias:
- Herrera, H. (1983). Frida: A Biography of Frida Kahlo. Harper & Row.
- Levi, P. (1987). Si esto es un hombre (Trad. de Pilar Gómez Bedate). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1958).
- Meyer, J. (2004). Antonieta Rivas Mercado: vida, pasión y muerte de una mujer excepcional. Fondo de Cultura Económica.
- Safranski, R. (2000). Nietzsche: Biografía de su pensamiento. Tusquets Editores.
