La inundación de Tenochtitlan: la soberbia de Ahuízotl

Ahuízotl, gran tlatoani mexica, consideró insuficientes las aguas de Chapultepec y Tlilatl para sostener el esplendor de Tenochtitlan: las chinampas, los jardines en las azoteas y el abasto de agua potable. Ambicioso, puso los ojos en una nueva fuente: los manantiales de Acuecuexatl, en Coyoacán.

Tezozómoc describe aquel impulso con júbilo agrícola:

“Y luego dio aviso el Cihuacóatl Tlilpotonqui a los chinampanecas, para que dentro de la ciudad sembrasen en los camellones mucha cantidad de maíz, frijol, calabazas, rosas de cempoalxochitl, acaxuchitl, chile, tomate y muchos árboles”.

Pero la decisión no fue bien recibida. El señor de Coyoacán, Tzotzoma (o Tzutzumatzin), advirtió a Ahuízotl que aquellas aguas eran indómitas y podían desbordarse. Fray Diego Durán lo relata con detalle:

“Que él estaba presto y dispuesto a darle el agua, porque él y toda su república eran sus vasallos y obligados a obedecerle… pero que le quería advertir que aquellas fuentes de cuando en cuando rebasaban… y que se derramaba y hacía mucho daño en la ciudad, y que temía que inundara la ciudad de México y forzaría a los vecinos a desampararla, ya que la laguna no tendría por donde desaguar”.

Ahuízotl, cegado por la soberbia, interpretó la advertencia como rebeldía. Enfurecido, mandó ejecutar al señor de Coyoacán. Y así, con sangre derramada, comenzó la magna obra hidráulica.

Miles de hombres de distintos altépetl fueron convocados: cargaban piedra y tierra, buceaban en las aguas, levantaban muros y acequias. Fue una hazaña de ingeniería como las que caracterizaban a los mexicas.

El día de la inauguración se vivió como fiesta sagrada. Hubo sacrificios de codornices y de niños; un sacerdote, ataviado como Chalchiuhtlicue, recibió el río que entraba a la ciudad. Todo parecía augurar prosperidad.

Pero pronto la tragedia se desató. El caudal fue demasiado. Las aguas se alzaron y se lanzaron contra la ciudad: las cosechas se arruinaron, las chinampas se hundieron, las casas más viejas se derrumbaron. Se dice incluso que el mismo Ahuízotl se golpeó la cabeza al ser sorprendido por la furia del agua.

Durán lo testimonia:

“Al cabo de cuarenta días el agua de la laguna empezó a crecer y a volver a entrar por las acequias de México y a anegar algunos de los camellones sembrados”.

Desesperado, Ahuízotl pidió auxilio a su aliado Nezahualpilli, señor de Texcoco. Este acudió en ayuda, pero no dejó pasar la ocasión para reprocharlo con severidad, recordándole la injusta muerte de Tzutzumatzin:

“¿Qué hizo Tzutzumatzin, en qué pecó, en qué ofendió?, ¿por qué tan sin piedad le quitaste la vida?, ¿qué dirán los enemigos, sino que lo que tus antepasados edificaron con tanto sudor y trabajo, tú lo has destruido en cuarenta días?”.

Y, sin embargo, del desastre brotó una nueva grandeza. Las ruinas se convirtieron en cimientos de una ciudad más sólida y esplendorosa. Las viejas casas fueron sustituidas por edificios de mayor calidad; jardines, patios y acequias quedaron embellecidos.

Durán lo resume así:

“Y tornaron a redificar México, de mejores y galanos edificios… y así quedó de aquella vez México muy ilustrado y vistoso, con casas grandes, llenas de jardines y patios muy galanos, las acequias muy estancadas y cercadas de arboledas de sauces y álamos blancos y negros”.

Y Tezozómoc complementa con un símil poderoso:

“Fue causa esta ruina para reedificar la ciudad más fuerte; y así quedó puesta en el agua tan hermosa como una Venecia”.

La soberbia de Ahuízotl casi destruyó Tenochtitlan, pero también le dio la oportunidad de renacer con más esplendor. Una paradoja que los cronistas no dejaron de recordar.

¿Qué opinas tú? ¿Fue este desastre una tragedia o el impulso que convirtió a México-Tenochtitlan en la joya que maravilló a los conquistadores?

Fuentes consultadas:

  • Durán, D. (1867). Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I, cap. XXXVIII, pp. 293–323). Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
  • Alvarado Tezozómoc, H. (1878). Crónica mexicana (M. Orozco y Berra & J. M. Vigil, Eds., cap. LII, pp. 639–644). Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante. Disponible en https://books.apple.com/mx/book/cronica-mexicana/id1202863320

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