Tlaltecuhtli, la diosa de la tierra.

En la Crónica Mexicana de Hernando Alvarado Tezozómoc aparecen varias menciones a una deidad enigmática: Tlalteuctli, asociada directamente con la tierra y con la guerra. Ahí se leen frases como:

  • “Habéis cumplido con vuestra obligación (ir a la guerra) en el servicio de Tlalteuctli, el principal de la tierra”.
  • “Ha sido grande la merced (la victoria contra los naturales de Aculhuacan) que nos ha hecho el Dios Tlalteuctli y el Sol”.
  • “Que el sol comía de ambos ejércitos, y el dios de las batallas Tlalteuctli”.

Con el tiempo, las investigaciones modernas precisaron el nombre como Tlaltecuhtli, la Señora de la Tierra, figura imponente: madre y devoradora, origen y final de toda vida.

El 2 de octubre de 2006, en una fecha cargada de memoria para México por el aniversario de la masacre de Tlatelolco, se descubrió en el corazón del Centro Histórico (en las calles de República de Argentina y República de Guatemala) el monolito más grande hallado en la Ciudad de México: la monumental Tlaltecuhtli.

Los estudios revelaron que esta piedra sagrada se encontraba al pie del Templo Mayor, sumándose a otros descubrimientos espectaculares como el de la Coyolxauhqui en 1978 y la Yollotlicue.

El fraile Diego Durán, al narrar la inauguración del Templo Mayor bajo el tlatoani Ahuízotl, describe cómo se colocaban esculturas y símbolos en el recinto:

“Pusieron la piedra sobre que habían de sacrificar, puntiaguda, y junto a ella una figura de una diosa que llamaban Coyolxauhqui… pusieron otros bastiones (pilastrones) que llaman tzitzimimes”.

Estos tzitzimimes eran divinidades temibles asociadas a la oscuridad y a los peligros cósmicos: Ilamatecuhtli, Cihuacóatl, Tlazoltéotl, Coatlicue, Iztapapálotl y, por supuesto, Tlaltecuhtli.

Durán también señala la profunda reverencia mexica hacia la tierra bajo este nombre sagrado:

“Grande era el honor y reverencia que a la tierra hacían debajo de este nombre reverencial y honroso que era Tlaltecutly… La mayor reverencia que sentían que le hacían era poner el dedo en la tierra y llevallo a la boca y chupar aquella tierra”.

Por ello, el hallazgo de 2006 fue recibido con enorme expectación. Los trabajos, dirigidos por Eduardo Matos Moctezuma, Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, revelaron una pieza de proporciones colosales: 4.20 metros de largo, 3.65 de ancho, 40 centímetros de grosor y 15 toneladas de peso.

Transportar semejante bloque hasta el corazón de Tenochtitlan en tiempos prehispánicos debió ser una hazaña monumental. De acuerdo con los cálculos de Heizer y Williams (1963), habrían sido necesarios al menos 225 hombres para moverla sin animales de tiro ni maquinaria.

Hoy, la Tlaltecuhtli puede admirarse en el Museo del Templo Mayor, donde sigue imponiendo respeto con su fuerza simbólica y estética. Visitarla no es solo contemplar una obra de piedra: es acercarse al corazón mismo de la cosmovisión mexica, donde la tierra no era un recurso, sino una divinidad viva, madre y devoradora, principio y fin de toda existencia.

Fuentes consultadas:

  • Alvarado Tezozómoc, H., Orozco y Berra, M., & Vigil, J. M. (Eds.). (1878). Crónica mexicana (pp. 869, 898, 965). México: Imprenta de Andrade y Escalante. Recuperado de https://books.apple.com/mx/book/cronica-mexicana/id1202863320
  • Durán, D. (1867). Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo I, cap. XLIII, p. 345). México: Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
  • Durán, D. (1867). Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (Tomo II, cap. CXVII, p. 207). México: Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante.
  • Matos Moctezuma, E., & López Luján, L. (2009). Escultura monumental mexica (pp. 381-449). México: Fondo de Cultura Económica.

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