La lengua náhuatl ha dejado una profunda huella en el español que se habla en México. De hecho, cada día usamos decenas de palabras de origen náhuatl. A estas palabras se les conoce como nahuatlismos, y la Real Academia Española los define como “vocablos o elementos fonéticos del náhuatl empleados en otra lengua”.
Aquí algunos ejemplos cotidianos: acuexcomatl (acueducto), ahuacamolli (guacamole), atolli (atole), kakawatl (cacao), koyotl (coyote), mapachi (mapache), axolotl (ajolote), cacle (sandalia), chilakilli (chilaquil), elotl (elote), chilli (chile), chapolin (chapulín), awacatl (aguacate), chokolatl (chocolate), huexoltol (guajolote), huateque (baile), itzcuintli (perro, de ahí la palabra “escuincle”), molli (mole), totopo, ocelotl (ocelote), petlatl (petate), papalotl (cometa, papalote), pepena (pepenar), popotl (popote), pozolli (pozole), pinolli (pinole), tlahtlaoyo (tlacoyo), tianquiztli (tianguis), tomatl (jitomate), tzopílotl (zopilote), entre muchas otras.

Un detalle importante: no existe una ortografía oficial para el náhuatl, por lo que es común encontrar diferentes formas de escribir una misma palabra. Además, todas las palabras en náhuatl se pronuncian con acento grave, lo que les da un ritmo muy particular.
Pero no todo ha sido una adopción fiel. También hubo tropiezos lingüísticos que dieron origen a deformaciones curiosas. Un ejemplo notable es el caso del dios Huitzilopochtli. Los conquistadores españoles, al no entender bien su nombre, lo deformaron como Huichilobos. Aunque esta palabra ya no se usa, sí dejó huella en toponimias como Huitzilopochco, lugar de culto a ese dios, que con el tiempo se transformó en Churubusco, hoy una conocida colonia de la Ciudad de México y sede de los emblemáticos Estudios Churubusco.
No toda la responsabilidad de estas deformaciones recae en los españoles. Recordemos que su primera traductora fue Malintzin, también conocida como Doña Marina, quien hablaba náhuatl, sí, pero no el náhuatl clásico de la Cuenca de México, sino una variante costeña con acento distinto. A esto se suma que, incluso en la región central, convivían al menos dos formas de náhuatl: el náhuatl clásico (lengua culta) y el macehualtlahtolli, la lengua del pueblo, que es la que más ha perdurado hasta nuestros días. Otra palabra que de deformó fue el apodo que les daban a los españoles, como muchos andaban a caballo, traían espuelas, en náhuatl se dice cactzopin, de ahí lo de gachupines.
Otros dos nombres son la colonia Tacubaya, que viene del náhuatl Atlacuihuayan y Cuauhnahuac, de donde deriva Cuernavaca.
Y no solo el náhuatl influyó en el español. También el maya dejó su huella. Por ejemplo, en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo se menciona con frecuencia la palabra ku, que en maya significa templo. Años después, en León, Guanajuato, fundaron un asentamiento cerca del río, hoy el Malecón del Río, donde se construyó una pequeña iglesia. Por su tamaño y en referencia a la palabra maya ku, comenzaron a llamarla Cu-ecillo —diminutivo derivado del sufijo castellano -illo. Así nació el nombre del barrio Coecillo, famoso hoy por su Zona Piel y por albergar la central camionera de la ciudad.
Finalmente, hay anécdotas lingüísticas tan curiosas como la del nombre Yucatán. Según una leyenda ampliamente difundida, los españoles preguntaron a los mayas cómo se llamaba ese lugar, y los mayas respondieron en su lengua: “uh yu ka t’aan”, que significa “¡mira cómo hablan!”. Los españoles entendieron que ese era el nombre del sitio, y así se quedó: Yucatán.
¿Opinas lo mismo que yo en cuanto a que nuestro español está embellecido con estos nahuatlismos?
Fuentes consultadas:
