Matilde Montoya, la primera doctora mexicana

Nacida el 14 de marzo de 1857 en Puebla, Matilde Petra Montoya Lafragua se convirtió, el 24 de agosto de 1887, en la primera mujer mexicana en obtener el título de médica. Ese día presentó su examen profesional ante figuras destacadas de la sociedad porfiriana, incluido el propio presidente Porfirio Díaz.

El examen teórico-práctico que enfrentó era de alta exigencia y Matilde fue la única mujer en presentarlo ese año. Lo aprobó con éxito. Cuando el jurado, compuesto por seis miembros, anunció su veredicto —“aprobada por unanimidad”—, Matilde se desmayó. No era para menos: no solo lograba un triunfo personal, sino que abría una puerta histórica para todas las mujeres mexicanas.

Como lo expresó la escritora Dolores Gimeno de Flaquer:

“La presencia del presidente Porfirio Díaz no rindió tributo solo a una mujer, sino que había franqueado a todas las mujeres el derecho de éstas a ilustrarse, a poseer títulos universitarios y a ejercer una profesión”.

Pero ese logro no fue fácil. Matilde tuvo que trasladarse a la Ciudad de México para estudiar, ya que en su natal Puebla los sectores conservadores le negaron esa posibilidad. Durante cinco años cursó estudios, hizo prácticas en hospitales, enfrentó trabas administrativas —como la negativa inicial para presentar su examen— y llevó su caso al Congreso de la Unión. Fue Porfirio Díaz quien intervino para permitirle ejercer su derecho.

Matilde elaboró una tesis sobre bacteriología, un tema vanguardista para su tiempo, y se la dedicó a su madre, Soledad Lafragua, quien la apoyó incondicionalmente.

Este contexto hace aún más admirable su hazaña. En aquella época, prevalecía una visión profundamente limitada sobre el papel de la mujer. Opiniones como la de Francisco Flores advertían contra que la mujer trocara “la rueca por el bisturí, la formación de la familia por la voluble clientela”. El periódico El Tiempo incluso publicó que era “desagradable que la mujer quisiera tener conocimientos que estaban muy por encima de sus naturales aptitudes”, propias —según ellos— del “sexo fuerte”.

Y no solo eran hombres quienes sostenían esas ideas. Concha Lombardo, esposa de Miguel Miramón, escribió sobre la Emperatriz Carlota lo siguiente:

“Probablemente los grandes estudios que había hecho aquella señora y que son superiores a la capacidad de su cerebro, se lo lastimaron… y perdió el juicio.”

A pesar de esas resistencias, Matilde también contó con el apoyo de muchas personas —hombres y mujeres— que creyeron en su talento y vocación. Entre ellos se encontraban Porfirio Díaz, Manuel Romero Rubio (padre de Carmelita Romero Rubio), José María Vigil, Juan de Dios Peza, y varios de sus maestros y compañeros de estudio, a quienes se les apodó “Los Montoyos”.

La poeta Camerina Pavón y Oviedo le dedicó estos versos:

Quiero, Matilde, en nombre de mi sexo
dedicarte mi canto enternecida,
porque has abierto un porvenir brillante
a la mujer en la azarosa vida.

Matilde Montoya llegó a tener dos consultorios: uno por las mañanas en Jardín Guerrero No. 100, donde no cobraba, y otro por las tardes en Mixcoac, donde atendía pacientes de forma remunerada. Al igual que la segunda médica mexicana, Columba Rivera, se especializó en la atención a mujeres y niños. Falleció el 26 de enero de 1938 a las 04:50 de la mañana. Nunca se casó. Su hija adoptiva, Esperanza —una concertista—, no pudo asistir a su funeral, ya que se encontraba en Europa, donde sería hecha prisionera entre 1939 y 1945 en un campo de concentración alemán.

¿Qué te pareció la vida de esta estupenda y virtuosa mujer? Te leo en los comentarios.

Fuentes consultadas:

Carrillo, Ana María. Matilde Montoya: primera médica mexicana. Documentación y Estudios de Mujeres, A.C. 2002.

Lombardo de Miramón, Concepción. Memorias. Porrúa. 2011.

Imagen: https://www.gaceta.unam.mx/matilde-montoya-primera-medica-del-pais/

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