Antonio Vanegas Arroyo fue un destacado editor e impresor mexicano, famoso por difundir las llamadas hojas volantes: impresos populares de una sola hoja, impresos por ambas caras y acompañados de imágenes. Estas publicaciones contrastaban con los periódicos de la época, que rara vez incluían ilustraciones. Medían aproximadamente 20 x 30 centímetros y se distribuían de forma masiva gracias a su bajo costo.
El investigador Rubén M. Campos las describe así:
“Estas copias impresas constituyeron, largos años, durante casi todo el siglo XIX, el atractivo del bajo pueblo de las ciudades populosas, antes de que aparecieran los diarios populares […] Las hojas populares eran de ruin apariencia, impresas en imprentas de mala muerte que daban a luz copias tan imperfectas como si hubieran sido hechas con tipos de madera en papel de ínfima calidad” (1929: 272).
Este formato se convirtió en un canal privilegiado para difundir noticias sensacionalistas y crímenes atroces, cuyo contenido recorría calles y plazas con rapidez, despertando morbo e indignación. De esta tradición nos llega la historia de Guadalupe Martínez Peña, mejor conocida como Guadalupe Bejarano, una mujer cuya crueldad dejó una huella infame en el imaginario del Porfiriato.

Viuda de Macario Bejarano, Guadalupe ofrecía empleo doméstico a niñas de escasos recursos, a quienes supuestamente brindaba refugio. Sin embargo, lo que ocurría dentro de su casa era una auténtica pesadilla.
Su primera víctima fue Casimira Juárez, contratada en 1879. La segunda, Crescencia Martínez, llegó en 1891. Ambas fueron sometidas a brutales castigos por supuestas faltas: golpes en las plantas de los pies y partes íntimas, largas horas colgadas de los brazos, inanición e incluso quemaduras provocadas al hacerlas sentarse sobre anafres encendidos. Las dos niñas murieron a causa de estas torturas.
El horror llegó a su fin gracias a Aurelio Bejarano, hijo de Guadalupe, quien la denunció ante las autoridades. Fue condenada por ambos crímenes: del primero salió libre tras cumplir cinco años, pero reincidió, cobrando otra víctima y ganándose el apelativo de La Mujer Verdugo. En su segunda condena, fue sentenciada a diez años de prisión en la célebre cárcel de Belén, donde ninguna reclusa quiso dirigirle la palabra. Murió en prisión, aislada y despreciada.
El impacto de sus crímenes fue mayúsculo. La sociedad del Porfiriato, que atribuía a la mujer un rol esencialmente maternal, reaccionó con espanto ante una figura femenina capaz de semejantes atrocidades. Así como hoy la condenaríamos, también fue repudiada en su tiempo.
Bibliografía:
- CAMPOS, Rubén M. (1929). El folklore literario en México. México: SEP.
- UNAM. “La CIPI – Guadalupe Bejarano”. https://lacipi.humanidades.unam.mx/ipm/w/P%C3%A1gina:GBHijo.djvu/1
